De estudiante a secuestradora

Daniela Ancira Ruiz

Hace un par de semanas, como parte de una investigación que estamos llevando a cabo en La Cana, visité el penal femenil de Tanivet en Oaxaca. La intención de la visita era la de entrevistar a mujeres privadas de la libertad, a fin de explorar los vínculos entre la violencia estructural de género con la situación de las mujeres en reclusión.

En este contexto, conocí a Melissa. A sus 24 años de edad, llevaba 5 años privada de su libertad. Cuando entró a prisión, tenía 19 años y soñaba con ser criminóloga. Su familia, originaria de una comunidad en el Istmo de Tehuantepec, invirtió todos sus recursos en hacer el sueño de Melissa realidad, y tras años de esfuerzo, lograron rentar un cuarto y mandar a Melissa a la universidad en Ciudad Oaxaca.

En su primer semestre, Melissa conoció a Adriana y se hicieron amigas cercanas. Melissa siendo muy tímida, no hizo muchas más amigas durante ese primer y único semestre que cursó en la universidad. “Adri era como mi familia en Oaxaca, gracias a ella conocí a mucha gente, pude conocer la ciudad” me platicó, nostálgica. Todo iba conforme a lo planeado, Melissa se sentía ilusionada y feliz de poder hacer sentir orgullosos a sus papás, al ser la primera persona en su familia que cursaba una carrera.

Hasta que un día, recibió una llamada de Adriana, donde llorando desesperada le pedía ayuda. Le dijo que estaba en un hotel, y que su novio la había golpeado. Que estaba gravemente herida y necesitaba que fuera por ella. Sin dudarlo, Melissa corrió al hotel donde supuestamente estaba Adriana herida.

Al llegar, se topó con un escenario completamente distinto: Adriana estaba perfecta, nadie la había lastimado. Pero en cambio, en la cama había un joven amordazado y con los ojos vendados. Melissa no entendía nada, se sintió incómoda, se quiso ir. Comenzó a alterarse preguntándole a Adriana que qué estaba pasando. “No supe a quién llamar” fue lo único que contestó Adriana ante los cuestionamientos de Melissa.

Antes de que Melissa pudiera salir corriendo, los policías irrumpieron en el cuarto del hotel. La golpearon, amarraron, y la subieron en una patrulla para llevarla a lo que ella describe como unos separos. Ahí, la torturaron y la violaron, “hasta que no confieses, no te dejaremos ir” le decían los policías. Melissa no entendía nada, “quería confesar lo que me estaban pidiendo, les hubiera dicho lo que sea con tal de que me dejaran ir, pero no sabía ni por dónde empezar o qué inventar para que me dejaran en paz.”

Días después, en la audiencia ante el juez, Melissa se enteró que la estaban acusando de secuestro. Sin conocer a la víctima ni a los demás miembros de la presunta banda de secuestradores, y sin prueba alguna en su contra, hoy sigue esperando que le dicten sentencia en el penal de Tanivet.

En 5 años, solo ha visto a su abogado un par de veces. Su familia no ha podido irla a visitar pues del lugar donde viven, al penal de Tanivet, son más de 8 horas de trayecto a un precio que para su
familia es imposible pagar. “Dicen que me pueden sentenciar hasta por 50 años” me contaba entre lágrimas.

Después de 3 horas, terminó la entrevista. No supe qué hacer mas que abrazarla con todas mis fuerzas y desearle que todo salga bien en su siguiente audiencia. Llorando, me dijo que es el primer abrazo que alguien le da desde que entró a prisión. Salí del penal de Tanivet destrozada, pensando en cuántas juventudes hemos destruido en un país como México. Cuántos sueños rotos viven dentro de las paredes de una prisión. A cuántas personas les hemos fallado dentro de nuestro podrido sistema de justicia penal.

Le pregunté si todavía soñaba con ser criminóloga. “Algún día, si salgo de aquí, me gustaría dar clases de criminología. Pero le contaré la verdad a mis alumnos. Que nada de lo que les enseñan es cierto, que la cárcel es solo un lugar donde los sueños vienen a morirse.”

Pensé que quizás es la descripción más atinada que alguien ha hecho sobre la cárcel. Ojalá algún día las cientos de jóvenes que, como a Melissa, les hemos fallado, vuelvan a conocer la libertad. Pero que cuando la obtengan, puedan enseñar a sus alumnos y contarle a la sociedad un concepto diferente de lo que es la prisión en nuestro país.
 

Directora de La Cana.
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