En los últimos meses, el dólar estadounidense ha mostrado una tendencia clara de debilitamiento frente a otras monedas. Para muchos analistas financieros y para la opinión pública en general, este fenómeno suele interpretarse como una señal de fragilidad económica o pérdida de confianza internacional. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente económica, un dólar más débil no necesariamente es una mala noticia. Por el contrario, podría responder a una lógica estratégica orientada al crecimiento, particularmente si se analiza desde la óptica del comercio exterior.

Durante la administración de Donald Trump, el discurso económico se centró de manera reiterada en la necesidad de fortalecer la industria nacional, reducir el déficit comercial y recuperar empleos manufactureros. En ese contexto, la fortaleza excesiva del dólar se convirtió en un obstáculo. Un dólar fuerte encarece las exportaciones estadounidenses y abarata las importaciones, lo que termina por debilitar la competitividad de los productores locales frente a sus competidores internacionales. Desde esta lógica, permitir —o incluso favorecer— un dólar más débil puede interpretarse como una herramienta indirecta para estimular la producción y las exportaciones.

Cuando la moneda de un país se deprecia, sus bienes y servicios se vuelven relativamente más baratos para los compradores extranjeros. Esto puede traducirse en un aumento de las exportaciones, mayor actividad industrial y, eventualmente, más empleo. Al mismo tiempo, las importaciones se encarecen, lo que incentiva el consumo de productos nacionales y reduce la dependencia de bienes extranjeros. En teoría, este mecanismo contribuye a disminuir el déficit comercial, uno de los grandes temas de preocupación para la política económica estadounidense en los últimos años.

Esta visión no es nueva ni exclusiva de Estados Unidos. China ha aplicado durante décadas una estrategia basada en mantener su moneda en niveles relativamente bajos para impulsar su sector exportador. El resultado ha sido una economía fuertemente orientada al comercio exterior, con superávits comerciales persistentes y una posición dominante en múltiples cadenas globales de valor. Aunque el modelo chino tiene particularidades propias —como una fuerte intervención estatal y controles cambiarios—, el principio económico es el mismo: una moneda débil puede ser una poderosa palanca para el crecimiento basado en exportaciones.

Desde esta perspectiva, no resulta descabellado pensar que la administración Trump haya comprendido —y en cierta medida adoptado— esta lógica. Un dólar débil permite competir con economías que históricamente han utilizado el tipo de cambio como herramienta de política industrial. En un mundo donde la competencia económica es cada vez más intensa y menos cooperativa, el tipo de cambio se convierte en un instrumento más dentro del arsenal de política económica.

No obstante, esta estrategia no está exenta de riesgos. Un dólar más débil encarece los insumos importados, lo que puede trasladarse a mayores costos para las empresas y, eventualmente, a presiones inflacionarias para los consumidores. Además, una depreciación prolongada puede generar inquietud entre inversionistas internacionales, que podrían percibirla como una señal de inestabilidad o pérdida de disciplina macroeconómica. En ese sentido, el debilitamiento del dólar puede ser tanto una herramienta como una advertencia.

La pregunta de fondo es si Estados Unidos está dispuesto a asumir estos costos a cambio de un mayor dinamismo exportador. A diferencia de China, la economía estadounidense depende en gran medida del consumo interno y del atractivo de su moneda como refugio financiero global. Debilitar al dólar de forma sostenida implica caminar por una línea muy delgada entre competitividad y desconfianza.

En última instancia, el debate sobre la fortaleza del dólar no es técnico, sino estratégico. Un dólar fuerte simboliza estabilidad y poder financiero; un dólar débil puede significar mayor crecimiento productivo y exportador. Tal vez la verdadera lección que Estados Unidos está aprendiendo —observando a China— es que el crecimiento económico no siempre va de la mano con una moneda fuerte. La cuestión clave es si esta estrategia será coyuntural o marcará un cambio más profundo en la forma en que la principal economía del mundo entiende su papel en el comercio global.

Académico de la Universidad del Valle de México Campus Zapopan

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