La flamante nueva sede del Archivo General Agrario (AGA), el elefante blanco teñido de guinda parido por el arquitecto Román Meyer Falcón como tributo monumental de siete pisos a la gloria de Andrés Manuel López Obrador, tenía que resistir incólume su gran prueba de fuego o, más bien, su gran remojo, pero no pasó la prueba... Le explicamos: el pasado martes 12 de marzo cayó sobre la Ciudad de México una tormenta fenomenal. De acuerdo con los registros de la estación meteorológica de Tacubaya, esa tarde se acumularon 30.6 mm de agua, un récord que colapsó el maltrecho drenaje de algunas partes de la capital, entre ellas el Centro Histórico, donde el nivel del agua en algunas calles subió al grado de que, por momentos, evocaban a las imágenes de la última gran inundación del centro de la ciudad, en 1951. Como dirían los funcionarios cínicos responsables del mantenimiento urbano y los reporteros cursis de la tele, fue una “tormenta atípica” que puso a prueba a la deteriorada ciudad, incluyendo la más reciente y supermoderna infraestructura pública realizada con ingeniería de punta, etc, etc, a manos del equipo del ex titular de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), Meyer Falcón, en la megalómana obra ubicada en Avenida Juárez. Pues el mastodonte guinda naufragó en el aguacero... Desde hace varios días esta columna ha seguido la pista de algunos testimonios de vecinos de las calles Humboldt e Iturbide y de trabajadores de la Sedatu y del AGA que nos han contado lo siguiente: durante la noche y madrugada del 12 y 13 de marzo discretamente llegaron de emergencia al AGA brigadas de mantenimiento para sacar el agua y limpiar los sótanos de la megaconstrucción, es decir, del lugar donde Román Meyer y el anterior director del AGA, Pedro Salmerón, decidieron ubicar el segundo archivo histórico más importante de México. Algunos trabajadores que estuvieron laborando a marchas forzadas durante horas, explicaron a los vecinos curiosos que el agua de la tormenta llegó a los desniveles, pero no abundaron sobre los posibles daños que hubo en el archivo. ¿Se habrá mojado el antiguo acervo? No sabemos. De lo que sí estamos seguros es de lo que dijimos apenas se supo del plan de colocar un repositorio en esos sótanos: esa decisión era un despropósito de acuerdo con las recomendaciones básicas para la construcción de archivos. Pero no hicieron caso. Lo único que se le ocurrió hacer al arquitecto Meyer Falcón fue una solución MacGyver: mandar a crear pendientes en las calles aledañas para provocar que corriera el agua hacia los costados de la sede del AGA, sin importarle gran cosa la integridad de edificios y negocios aledaños, pero la operación falló. Ahora, gracias al genio de Meyer Falcón, no sólo se inundan algunas casas y accesorias del vecindario, también hace aguas la costosísima nueva sede del invaluable archivo histórico. Pero ahí no para el desastre del arquitecto que soñaba con ser un Niemeyer y resultó ser nuestro pequeño Calatrava: hoy por hoy en el nuevo edificio la actividad principal se concentra en los pisos 4 y 7, donde está una sala de consultas y se realizan algunos trámites, pero la mayor parte de la sede aún no está abierta. Justo en esas áreas no accesibles al público nos cuentan que hay goteras y filtraciones que no han podido resolver. ¿Será por todo esto que el edificio no ha sido oficialmente inaugurado con bombo y platillo como corresponde a una obra faraónica? Mientras tanto, este año la temporada de lluvias apenas ha comenzado... Seguiremos informando. (Escríbanos a columnacrimenycastigo@gmail.com)

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