Esteban Figueroa Palacios
Se entiende por Resiliencia a la capacidad de un sistema o estructura de recobrar sus condiciones funcionales originales después de exponerse a un evento agresivo, como ocurre después de un sismo, una inundación o un huracán, por ejemplo. En este sentido, no se debe confundir Resiliencia con Resistencia, aunque este último concepto con frecuencia se considere como una de las condiciones necesarias para la resiliencia de un sistema. La resistencia se opone al evento y lo resiste por lo que no necesita ninguna capacidad de recuperación posterior, pues no sufre alteraciones funcionales o estructurales. Por supuesto que incorporar resistencia a una estructura es más costoso que hacerla resiliente.
Se debe analizar al sistema en tres etapas cuando se expone a eventos agresivos: la preparación, la exposición y la recuperación; la primera se asocia a la prevención, la segunda a la reacción y la tercera a la resiliencia. La etapa de prevención es propia de la fase de planeación de los proyectos y es a la que aquí nos referiremos, mientras que la reacción tiene que ver con la respuesta del sistema o estructura durante el evento agresivo y la tercera a la recuperación, es decir, a emplear su cualidad resiliente.
La fase preventiva no significa que por ella se evitará la exposición al evento o los daños al sistema, sino que en esa fase se planeará la forma en que el sistema reaccionará durante su exposición al evento y, sobre todo, los mecanismos de recuperación. En la prevención también se planea la forma en que las personas que estarán, junto con la estructura, expuestas al evento deben actuar para reducir la posibilidad de ser afectadas.
La forma de reacción, en el caso de proyectos de infraestructura y de edificación privilegia antes que cualquier otro aspecto, la seguridad de los seres humanos expuestos, en segunda instancia, la capacidad de recuperar la estructura y en un tercer nivel en recuperar en el menor tiempo y costo posible, la continuidad de su operación. El primero y segundo objetivo se asocian principalmente a la capacidad estructural para asimilar las fuerzas agresivas mientras que el tercero a su flexibilidad funcional.
La incorporación de los atributos que hacen resiliente a un sistema tiene un costo que, como en todo análisis económico, debe ponderarse respecto a los beneficios que ofrece. Evidentemente cuando el costo está representado por la pérdida de vidas o el daño a personas, ningún costo es excesivo; sin embargo, aún en estos casos, siempre existen diversas formas de elevar la seguridad en la fase preventiva, ya sea diseñando estructuras con mejor respuesta estructural y/o diseñando procesos y medidas de protección de las personas expuestas en la estructura, para actuar en la fase de reacción al evento.
El análisis económico es más claro cuando se trata de recuperar las condiciones operativas de la estructura, después del evento; es en estos casos en que se define con mayor claridad el concepto de resiliencia. El análisis económico compara el costo de la recuperación con el de la pérdida del servicio del sistema. Por ejemplo, el costo de recuperar un tramo de carretera destruido respecto al costo de la suspensión del tránsito durante el tiempo de reparación o el de recuperación de las redes de trasmisión eléctrica versus el costo de la interrupción del flujo de energía eléctrica a una región.
En esta lógica económica ocurren distorsiones que desvirtúan la intención de incorporar resiliencia a los proyectos. Tal es el caso de ciudades en algunos países que se hallan expuestas a inundaciones, cuyos propietarios reciben del gobierno seguros subsidiados. Bajo este incentivo, los propietarios se ubican frecuentemente en zonas de riesgo, esperanzados de que en caso de inundación el seguro les pagará el daño, es decir, anticipan la recuperación en lugar de diseñar la prevención.
En contraste, en Holanda se ha empleado un enfoque más realista en cuanto que reconocen que la protección contra fenómenos naturales tiene límites físicos y económicos. Un país cuya existencia ha estado a merced de la naturaleza, cuya gran amenaza es la inundación de alrededor del 60% de su territorio, que se halla o bajo el nivel del mar o expuesto a inundaciones. Históricamente habían confiado su protección a la construcción de diques que cuando eran rebasados por avenidas o crecientes extraordinarias ocasionaban desastres de mayores proporciones. El nuevo enfoque es uno que planea la resiliencia; consiste en “darle espacio al río”, moviendo los diques tierra adentro y dragando el terreno adyacente al cauce para ampliar el área hidráulica. Por supuesto que este plan tuvo un alto costo pues se tuvieron que retirar de la producción agrícola las tierras ahora cedidas al río y reubicar granjas tierra adentro.
El enfoque holandés es poco aplicable a zonas densamente urbanizadas, debido al alto costo de una medida semejante, pues implicaría el desplazamiento de viviendas, edificios e instalaciones de todo tipo, lo que sin duda detonaría la reacción de los afectados, pues el ser humano tiene la tendencia psicológico a no dar valor al costo de fenómenos agresivos que considera raros o improbables, pese a que ya hayan ocurrido en el pasado.
Aunque existen reglamentos y leyes de uso del suelo que pueden proscribir la edificación de vivienda y otras edificaciones en zonas de riesgo, la aplicación de estas disposiciones o es ineficiente o está expuesta a actos de corrupción.
En síntesis, se requieren no sólo medidas creativas que incorporen resiliencia a los sistemas de infraestructura sino también esquemas de incentivos y traslado de costos económicos que incorporen a la tarea de prevención y planeación de la resiliencia a la población expuesta a los fenómenos agresivos.
Las posibilidades de que los sistemas de infraestructura se planeen y diseñen con criterios de resiliencia son diversas, si se desarrolla más la creatividad de planificadores y proyectistas. A título de ejemplo se pueden identificar las siguientes opciones para hacer sistemas o estructuras resilientes:
-Redundancia
-Doble función/flexibilidad
-Absorción
-Ampliación de capacidad
Resulta evidente que cualquier medida que haga resiliente a una infraestructura tiene un costo que, como se mencionó antes, se debe evaluar respecto al daño y su probabilidad de ocurrencia y, por lo tanto, el punto de partida es el análisis de riesgos a que se expone la infraestructura, partiendo de su identificación, valoración (probabilidad) y consecuencias (exposición y capacidad del sistema para responder al evento).
En conclusión, la resiliencia es inherente a los riesgos que se asumen al planear, diseñar, construir y operar los sistemas de infraestructura. Es entonces necesario que primero se evalúen los riesgos a que se exponen los proyectos, se mida el grado de exposición de las estructuras y equipos que lo componen y se calcule el probable daño que puedan sufrir. Es a partir de este análisis que se pueden incorporar atributos al proyecto que le permitan resistir en unos casos o recuperarse en otros a los efectos del evento agresivo.
La decisión de incorporar la resiliencia a un proyecto es económica. Depende del costo de las consecuencias y de las acciones de recuperación, que incluye el tiempo necesario para ello, pues se debe agregar al costo de las acciones para devolver a la infraestructura sus condiciones operativas el de la suspensión del servicio que ofrece, que en algunos casos puede resultar notablemente mayor que el de la recomposición.
Coordinador Comité de Planeación CICM





