Ing. Salvador Fernández del Castillo

MI Luis Maumejean Navarrete

Comité de Tecnología del CICM

La Ciudad de México es una de las metrópolis más importantes del mundo. Por su tamaño, su peso económico y su influencia regional, debería estar discutiendo con la mayor seriedad su futuro urbano, el tema central debería ser: la calidad de la planeación urbana.

Ese es el verdadero punto de partida. Es deseable para cualquier ciudad, en especial la Ciudad de México, aproximarse a una ciudad inteligente, que es la que sabe hacia dónde quiere ir, entiende sus límites, ordena sus prioridades y usa la tecnología como herramienta, no como disfraz de modernidad, no es solo la que acumula sensores, cámaras, plataformas digitales o aplicaciones. El desafío es enorme.

En muchas partes del mundo ya se entendió esto. Amsterdam ha impulsado esquemas de cooperación entre autoridades, ciudadanía y empresas para mejorar movilidad y reducir contaminación. Barcelona ha desarrollado sistemas de datos y gestión inteligente del tráfico. Singapur ha llevado la integración tecnológica a un nivel sobresaliente con una visión de país-ciudad digitalmente articulado. Viena ha vinculado su estrategia de ciudad inteligente con inclusión social, vivienda, movilidad y calidad de vida. Los modelos son distintos, pero todos coinciden en algo esencial: la tecnología sirve cuando responde a una visión urbana clara, integral y compartida.

Y ahí es donde la Ciudad de México tiene una tarea pendiente. Antes de hablar de “ciudad inteligente”, tendría que asumir la necesidad de una planeación urbana fundamentada y continua. Las condiciones de la ciudad son dinámicas, cambian diariamente y la planeación debe realizarse en forma continua y con una visión sistémica en que cada idea, proyecto o cambio tiene impactos en el resto de la ciudad.

Toda planeación seria debe partir, al menos, de tres elementos.

El primero son las condiciones del entorno: geografía, disponibilidad de agua, clima, topografía, riesgos naturales, presión demográfica y restricciones ambientales de cada zona. Son factores que no pueden ignorarse ni modificarse con facilidad. Planear sin tomar en cuenta esos límites produce diagnósticos falsos y soluciones irreales.

El segundo son las características propias del sistema urbano que se pretende transformar: su estructura social, sus desigualdades, su grado de concentración o dispersión, su capacidad institucional, su infraestructura, su potencial económico y los recursos realmente disponibles para sostener cambios. No se puede planear una ciudad desde el deseo; hay que planearla desde su realidad.

El tercer elemento es el más importante: los propósitos del cambio. Toda planeación implica elegir una dirección. El problema es que esos propósitos no son iguales para todos. Distintos grupos sociales interactúan y viven la ciudad de manera distinta y, por tanto, tienen prioridades distintas. Lo que para unos es desarrollo, para otros puede significar desplazamiento, saturación, exclusión o deterioro de su entorno.

Aquí aparece uno de los vicios más frecuentes de la planeación urbana: presentar como “interés general” lo que en realidad es la visión de los grupos con mayor poder político, económico o técnico. Esa captura de la planeación distorsiona prioridades, orienta recursos hacia intereses parciales y deja sin atención muchas necesidades del resto de la población.

La ciudad no es vivida igual por habitantes de colonias consolidadas que por quienes viven en periferias marginadas. No la experimentan igual un automovilista y un usuario de transporte público, un empresario y un trabajador, un estudiante y un adulto mayor, una persona con discapacidad y otra saludable, una zona segura y otra con altos riesgos, una con servicios completos y otra con escasez de agua o infraestructura precaria. Pretender que una sola visión representa a todos no solo es injusto: es técnicamente deficiente.

Por eso, cuando la planeación urbana queda dominada por un grupo, las consecuencias son visibles. Las obras lucidoras, no necesariamente son útiles. Se invierte donde hay más influencia no donde hay mayor necesidad. Se agravan la mala movilidad, la desigualdad territorial, el deterioro ambiental, la precariedad de servicios y la desconfianza ciudadana. La ciudad crece, pero no se ordena; se moderniza por partes, pero no mejora en conjunto.

La salida no es simple, pero sí es clara. Escuchar legítimamente no significa organizar consultas decorativas para cumplir el trámite o encuestas construidas para validar decisiones ya tomadas. Significa abrir procesos reales de participación desde el inicio de todos los sectores afectados, con información clara, reglas transparentes, representación amplia y mecanismos que reduzcan sesgos y manipulación. Significa reconocer que no siempre la propuesta más visible, más ruidosa o más organizada es la mejor para la ciudad. Tampoco basta con contar cuántos apoyan una postura. La planeación urbana no puede reducirse a una aritmética superficial de mayorías, porque esas mayorías también pueden inducirse, sesgarse o fabricarse.

Lo serio es evaluar qué alternativa genera mejores resultados sociales, ambientales, económicos, legales e institucionales para el conjunto de la ciudad, en el corto, mediano y largo plazo.

Eso exige metodologías profesionales, capacidad técnica para entender el entorno, diagnosticar la realidad social y económica, identificar intereses en conflicto, entender las interacciones e impactos del sistema urbano comparar escenarios y tomar decisiones con fundamento.

Una ciudad compleja no puede seguir gobernándose a partir de ocurrencias, presiones coyunturales o intuiciones políticas. Mucho menos una ciudad como la nuestra.

En ese marco, el enfoque de Smart City sí puede ser útil. Sus pilares básicos: economía dinámica, movilidad eficiente, sustentabilidad ambiental, ciudadanos capacitados, calidad de vida y gobernanza participativa, son valiosos. Pero no se alcanzan por moda ni por decreto. Se alcanzan con visión de largo plazo con participación auténtica y con una planeación profesional, especialistas y tecnologías al servicio del interés público.

La Ciudad de México no necesita subirse al discurso de las ciudades inteligentes para parecer moderna. Necesita algo más exigente y más importante: pensar con inteligencia en su propio futuro. Porque una ciudad verdaderamente inteligente no es la que exhibe más dispositivos, sino la que sabe escuchar, priorizar, decidir con conocimiento y transformar con rigor, legitimidad y visión social de conjunto.

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