Ing. Alberto Jaime Paredes
Miembro del Comité Técnico de Seguridad Estructural
y del Comité Técnico de Resiliencia
Colegio de Ingenieros Civiles de México, A. C.
Por décadas, la Ciudad de México ha aprendido a convivir con los sismos. Sin embargo, resistir no siempre significa estar preparada para recuperarse.
Cada 19 de septiembre, la memoria colectiva de la Ciudad de México se sacude como se sacudió la tierra. Los terremotos de 1985 y 2017 no solo dejaron miles de edificios dañados o colapsados; también evidenciaron una verdad incómoda: no basta con que las construcciones no se caigan, es indispensable que puedan seguir funcionando después de un sismo.
Ese concepto, cada vez más presente en la ingeniería civil moderna, se conoce como resiliencia estructural.
La vulnerabilidad sísmica de la capital no se explica únicamente por la intensidad de los terremotos, sino por el suelo sobre el que está construida. Gran parte de la ciudad se asienta sobre los sedimentos blandos del antiguo Lago de Texcoco y otros lagos de la cuenca, los cuales amplifican las ondas sísmicas y prolongan la duración del movimiento.
Este fenómeno provoca que edificios de ciertas alturas entren en resonancia con el movimiento del suelo, aumentando de forma significativa los desplazamientos y los daños estructurales. Como resultado, estructuras que en otras ciudades resistirían sin mayores problemas, en la CDMX pueden sufrir daños severos.
Tradicionalmente, las normas de diseño en México han estado orientadas a evitar el colapso, un objetivo fundamental para salvar vidas. Sin embargo, los estudios recientes muestran que muchos edificios, aunque no colapsan, quedan inutilizables durante meses o años y algunos hay que demolerlos. Es decir, la estructura sobrevive, pero la ciudad se detiene.
Hospitales, escuelas, viviendas y oficinas pueden quedar fuera de servicio debido a daños estructurales o no estructurales, afectando la economía, la salud y la vida cotidiana de millones de personas. Aquí es donde la resiliencia se vuelve clave: un edificio resiliente es aquel que puede recuperar su funcionalidad en el menor tiempo posible.
Investigaciones posteriores a los sismos han identificado patrones claros de vulnerabilidad en la ciudad. Uno de los más críticos es el llamado “primer piso débil”, común en edificios con estacionamientos o locales comerciales en planta baja, formas geométricas irregulares, añadido de niveles sin estudiar su efecto, uso de azoteas para bodegas o tanques de almacenamiento, etc. Estas configuraciones y cambios provocan respuestas sísmicas indeseables y han sido responsables de colapsos emblemáticos.
Además, una gran cantidad de edificaciones (anteriores a 1985) fue construida bajo reglamentos antiguos o sin supervisión técnica adecuada, lo que incrementa el riesgo estructural. La rehabilitación de estos edificios sigue siendo uno de los mayores retos urbanos de la capital.
La ingeniería estructural contemporánea propone un cambio de paradigma: diseñar edificios no solo para resistir, sino para recuperar su funcionalidad en el menor tiempo posible. Nuevas metodologías consideran variables como el tiempo de reparación, la pérdida económica y la continuidad de uso tras un sismo.
Entre las estrategias más prometedoras se encuentran:
· Sistemas de disipación de energía sísmica.
· Refuerzos estructurales en edificios existentes.
· Análisis avanzados que consideren en el diseño la interacción suelo-estructura.
· Tecnologías de monitoreo estructural en tiempo real.
En paralelo, la Ciudad de México ha actualizado sus Normas Técnicas Complementarias del Reglamento de Construcciones para la CDMX, y añadió una nueva Norma Técnica Complementaria para la Evaluación y Rehabilitación de Edificios. En ellas se incorporan criterios más estrictos para la seguridad y el desempeño sísmico.
A pesar de los avances, un desafío del futuro es que la resiliencia estructural se integre completamente en las políticas públicas y los códigos de diseño; así como, en el actuar de ingenieros y arquitectos, los constructores, los agentes financieros y los usuarios y propietarios. Otro gran reto es evaluar y rehabilitar miles de edificios existentes, especialmente en zonas de alto riesgo sísmico, lo cual requiere inversión, planeación y voluntad política.
La pregunta ya no es si la ciudad será golpeada nuevamente por un sismo, sino qué tan rápido podrá levantarse después.
Porque en una ciudad sísmica como la CDMX, la verdadera fortaleza no está solo en resistir el movimiento de la tierra, sino en garantizar que la vida pueda continuar cuando el suelo deje de moverse.
Ciudad de México, marzo de 2026
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