Expertos en la gestión de riesgos señalan que el término “desastre natural” debe ser descartado y solo referirse a los desastres cuando son consecuencia de acciones u omisiones de origen humano, sea por falta de preparación ante fenómenos propios de la naturaleza (como los sismos) o porque el ser humano ha provocado nuevos fenómenos climáticos (aumento del nivel del mar, sequías, precipitaciones extremas, etc.). Los riesgos de inundación debido a las precipitaciones extremas dependen de varios factores, incluida la susceptibilidad de ciertos terrenos a inundarse, el uso del suelo, la gestión de los ríos y otros factores relacionados con el clima, como la humedad del suelo y el régimen de precipitaciones. De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, el 90% de los desastres a nivel global se asocian con eventos hidrometeorológicos y afectan a millones de personas, provocándoles desde graves lesiones hasta el fallecimiento. A esto se suman daños materiales como la destrucción de infraestructura de comunicaciones, viviendas y otra infraestructura necesaria para mantener condiciones de salud, como los servicios de agua potable y saneamiento. Evidentemente, existen efectos en cadena provocados por las inundaciones, como la pérdida de la productividad laboral y la generación de capital. La realidad, en nuestro contexto geopolítico, es que 4 de cada 10 habitantes de América Latina y el Caribe podrían situarse en condición de pobreza de ocurrir un desastre según datos del Banco Mundial, ante esto, es importante adoptar la gestión de riesgos de desastres como una estrategia para avanzar hacia una sociedad más justa.

Por: Alejandra Amaro Loza y Alejandro Sánchez Huerta
Comité Técnico de Resiliencia de la Infraestructura

En el caso de las megaciudades, aquellas cuya población supera a los 10 millones de habitantes, los desastres tienen un efecto multiplicador, porque existe más población y bienes concentrados por unidad de superficie. Actualmente, la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) representa la quinta megaciudad más poblada del mundo, en ella habitan 22 millones de personas, equivalente al 17% de la población total de país, pero asentada en sólo 4 979 km2, que representa el 0.3% de la superficie total. Para enfrentar las consecuencias de las precipitaciones extremas es necesario reflexionar si en la ZMVM debemos construir más túneles para drenar las aguas, como se ha hecho en los últimos 300 años, o renovamos las soluciones a partir de una visión más sostenible.

La ONU estableció la última llamada para salvar el planeta en la Agenda 2030, fijando directrices mediante la implantación de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Entre ellos, el objetivo 11 pugna por una gestión sostenible en las ciudades y comunidades, basado en la prosperidad económica, el bienestar social y el cuidado del medio ambiente, en el numeral 11. B se aborda la mitigación del cambio climático, así como su adaptación y resiliencia ante de los desastres. En la coyuntura de la Cuarta Revolución Industrial (4RI) que estamos viviendo, se cuentan con una serie de tecnologías disruptivas inherentes al desarrollo de las grandes ciudades, que deben aprovecharse para acelerar el paso al cumplimiento de los objetivos fijados en la Agenda 2030. A esta transformación digital de los centros urbanos, encaminados al desarrollo sostenible, se le denomina “Ciudad Inteligente”, término que el Banco Interamericano de Desarrollo establece como “aquella que coloca a las personas en el centro del desarrollo, incorporando las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), la Inteligencia Artificial y el Big Data en la gestión urbana y

utiliza tales elementos como herramientas para la formación de un gobierno eficiente que incluye los procesos de planificación colaborativa y participación ciudadana”.

La apuesta debe ser al uso de las TIC en la mitigación de las inundaciones para transformar la gestión tradicional, actualmente centrada en la reparación de los daños tras el paso de las inundaciones, rumbo a una gestión proactiva. Los beneficios para la sociedad, generados por la cooperación entre la academia y el gobierno, son reconocidos globalmente. En ese sentido, innovaciones como el Observatorio Hidrológico del Instituto de Ingeniería de la UNAM (OH-IIUNAM) se vuelven un poderoso instrumento a disposición de los ciudadanos y tomadores de decisiones. El OH-IIUNAM es una red regional para el monitoreo de lluvia en la Zona Metropolitana del Valle de México. Esta red surge en el 2015 y a la fecha cuenta con 55 estaciones de monitoreo en tiempo real que hacen uso de tecnologías de última generación, como sensores de medición (disdrómetros ópticos láser y pluviómetros de pesaje) y microcomputadoras de bajo costo, que facilitan el almacenamiento y transmisión de los datos a servidores en la nube. El sistema del OH-IIUNAM es capaz de medir y transmitir información de una estación de lluvia para su consulta en la página web ( ) en un lapso de un minuto, o bien, permite recibir las alertas Twitter en un teléfono móvil; esto ahorra una cantidad de tiempo sustancial para dar soporte a las decisiones de las autoridades, por ejemplo, en la operación de plantas de bombeo o compuertas de los conductos del drenaje.

Sin duda, como citó la excanciller de Alemania Angela Merkel, “Los datos son la materia prima del siglo XXI” y en el Observatorio Hidrológico se contribuye a la sostenibilidad urbana con la filosofía de datos abiertos. Por ello, es recomendable que la sociedad en general esté oportunamente informada para que, de una u otra forma, pueda anticiparse ante las precipitaciones extremas con la información de las estaciones de lluvia disponibles. El uso de este tipo de información brinda un sinfín de posibilidades, por ejemplo, el desarrollo de una aplicación móvil como apoyo para el diseño de sistemas de captación de agua de lluvia.

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