El CIDE y la captura de las instituciones

Claudia Ruiz Massieu

Las universidades, y en general los centros de educación superior, más allá de formar profesionistas para propósitos laborales son –si funcionan bien– uno de los más importantes semilleros donde se forjan los ciudadanos que mantienen viva la conciencia crítica de una nación y su capacidad para ejercer el pensamiento libre. Por eso, no es menor el embate que sufre la comunidad académica del Centro de Investigación y Docencias Económicas (CIDE). Es una estampa de un proceso más amplio.

Hace unos días, en medio de protestas y un paro de actividades, se llevó a cabo la ratificación de un nuevo director, quien es cuestionado por buena parte de alumnos, exalumnos y profesores cideitas, quienes ven en esta designación un intento por cooptar políticamente a su institución, bajo la acusación de que no representa ni se alinea con el proyecto oficialista.

Llevamos más de un año presenciando diversos actos de esta obra: la extinción de fideicomisos para investigación, el retiro de titulares de funciones directivas, los ataques y señalamientos contra la UNAM, la desaparición de becas y la cancelación de incentivos para investigadores en universidades privadas. Si bien el CIDE depende del Conacyt, pues es un Centro Público de Investigación y no una universidad autónoma, durante décadas se respetó y fomentó un ambiente de libertad y pluralidad, para que realizara con normalidad sus tareas: investigar, educar, formar profesionistas de excelencia con base en el mérito y fomentar la movilidad social.

La tentación autoritaria por controlar políticamente los centros de investigación, las universidades y las instituciones académicas no es nueva. Acaparar estos espacios para imponer planes de estudio e ideologías oficiales fue una constante en las grandes desgracias del siglo XX.

En este sentido, la captura empieza por el descrédito. Alguna vez, la gran obra de Albert Einstein fue acusada despectivamente de ser “física judía”. En la Revolución Cultural todo lo que contraviniera la ideología oficial era tachado de “burgués”. Nuestro contexto es diferente, por supuesto, pero la estrategia subyacente es la misma: al CIDE se le sataniza bajo la ambigua etiqueta de “neoliberal”, para poder declararlo enemigo del pueblo y justificar su “transformación”. A los alumnos y profesores que han expresado inconformidad no se les considera interlocutores válidos, sino que se les cataloga como “grupos de interés”. Así, mediante el lenguaje se cancela la discusión democrática y se instaura una lógica de guerra.

El paso siguiente al descrédito es la purga. Y así ha sido también en el CIDE, con la destitución de directivos que resultaron incómodos, o que manifestaron su apoyo a los alumnos inconformes.

Por ello, lo que ocurre en el CIDE debe importar no sólo a sus integrantes, sino a la comunidad académica entera y más aun, a toda la ciudadanía; porque lo que está en riesgo no es solo la suerte de una institución –lo que en sí mismo es relevante– sino la cancelación del sustento de libertad y diversidad de pensamiento en la educación, particularmente la superior, para sustituirlo por aparatos ideológicos, supeditados al poder y al servicio de un proyecto político faccioso.

El CIDE es un espacio generado por el Estado para el servicio de la Nación, que debe estar por encima de gobiernos y vaivenes políticos; como lo es la UNAM, y como –si bien en otro ámbito– también lo son el INE y otras instituciones de la República. La caída de una hace más fácil el colapso de las otras. Por ello la indiferencia no es opción.

En una de sus últimas novelas, Sumisión, Michel Houellebecq retrata una Francia en la que un partido confesional ha llegado al poder mediante un candidato aparentemente moderado. Conforme la trama avanza, nos damos cuenta del ánimo del gobierno por desmantelar el republicanismo en las instituciones francesas e imponer su particular visión del mundo en ellas. Es notable lo que esto produce en la universidad donde trabaja el protagonista, un académico: exclusión de las mujeres, religión obligatoria, ideología en vez de educación y restricciones a la libertad de investigación. Con las distancias entre ficción y realidad, aquí el desmantelamiento está en marcha.
 

Senadora de la República

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