La sustracción de Nicolás Maduro de Caracas inauguró el año con una lección para todo el mundo: las reglas del juego cambiaron. El principio del fin de un régimen autoritario es una buena noticia; pero la nueva faceta del intervencionismo es preocupante. Las instituciones multilaterales y el derecho internacional se muestran cada vez más obsoletos ante la acción unilateral de las potencias. El escenario global es, en el mejor de los casos, incierto.
En México, en las primeras semanas del año, el gobierno presentará su propuesta de reforma electoral. No se conocen sus términos definitivos, pero ya está generando divisiones, incluso en la propia coalición mayoritaria. Es inevitable: cualquier cambio en la forma en que se renueva el poder público sin el consenso de todas las fuerzas políticas naturalmente será objeto de divisiones. Sobre todo, considerando que el gobierno actual ha negado sistemáticamente la legitimidad de las minorías políticas. Es importante dimensionar lo que está en juego: una reforma que consolide ventajas permanentes para quien detenta el poder, que elimine la equidad en los comicios o haga casi imposible la alternancia. Desde la oposición, estamos listos para dar esta batalla.
Sin embargo, casi al mismo tiempo, México se enfrentará a la esperada revisión del T-MEC. Seis años después de su entrada en vigor, nos acercamos al momento crítico de asegurar su continuidad. La administración Trump usará todo lo que tenga a su alcance para presionar al gobierno mexicano durante la negociación. El peor escenario sería una ruptura del acuerdo regional para convertirse en dos tratados bilaterales, dejando a México solo frente a EE. UU. En cualquier caso, es posible que nos veamos obligados a aceptar condiciones que comprometan la soberanía nacional para preservar las cadenas de valor regionales y nuestro acceso preferencial al mercado norteamericano. El equilibrio es delicado.
Así, este año está marcado por una contradicción fundamental. Arrancamos 2026 con un país dividido por una reforma electoral histórica, un gobierno desgastado por escándalos en distintos frentes, una mayoría parlamentaria que no está dispuesta a construir consensos y una sociedad cada vez más polarizada. Ese es el país que deberá negociar su futuro económico en un contexto de incertidumbre regional y global.
Nos enfrentamos a una disyuntiva: seguir confrontados mientras el entorno internacional se vuelve más hostil para países como el nuestro. O construir los acuerdos mínimos necesarios para enfrentar las amenazas externas en unidad. Fortalecer nuestra posición para entablar una negociación con una potencia decidida a reconfigurar su influencia hemisférica, incluso por los medios menos ortodoxos.
Hay asuntos de Estado que deben estar por encima de nuestras legítimas diferencias políticas: recuperar el control del territorio actualmente dominado por el crimen organizado, gestionar los flujos migratorios con respeto a los derechos fundamentales o reconstruir el Estado de derecho son quizá los más importantes de cara a la negociación con EE. UU.
Distintos temas demandan un esfuerzo de unidad. La negociación del T-MEC es el más inmediato. La seguridad y la gobernabilidad son dos, estrechamente vinculados que requieren acuerdos de largo aliento. Finalmente, defender nuestros intereses nacionales en un mundo que privilegia la fuerza sobre las reglas será crucial, en este año y en los próximos.
Necesitamos unidad en torno a los asuntos que definirán el futuro del país. Eso no significa renunciar a nuestras convicciones ni darle la espalda a nuestra representación. Significa entender que un país debilitado al interior es blanco fácil para las presiones externas. Y reconocer que los costos de la polarización pueden trascender nuestras fronteras. Las circunstancias actuales exigen capacidad de convocar, dialogar y construir acuerdos estratégicos.
México está dividido cuando más unido debería estar. Nuestro futuro depende de la voluntad política y la apertura al diálogo de quienes ejercen el poder; pero, al mismo tiempo, de la disposición de las minorías para colocar al país por encima de nuestras diferencias. La unidad es una responsabilidad compartida, indispensable y urgente.
Diputada federal

