Por tu maldito avión

César Güemes

Si —para quitarnos del problema que se ha transformado en pretexto y remedio y trapito para todo— el avión presidencial, en un descampado, con todas las medidas de seguridad, se quemara hasta las cenizas, le aseguro que a la mañanera siguiente el titular del Ejecutivo comenzaría una colecta nacional para adquirir otro, idéntico, y que tan sólo sirviera de escarmiento para “sus adversarios”.

Y sus seguidores, los cada vez más inverosímiles 30 millones que lo llevaron al poder, le entrarían con cacerolas y matracas, pero no con plata. Así que se recortaría aún más de aquí y de allá —qué más dan unos medicamentos para el cáncer infantil, por ejemplo— para adquirirlo y luego de un año de no hablar de otra maldita cosa en la política nacional, convertirlo en baños públicos y ponerlo junto a la Estela de Luz, nomás por joder (y por estas cinco razones que han jalado la marca en el encuentro sobre un solo jugador: el ex presiente Felipe Calderón).

No es descabellado, luego de todos los ejemplos que hemos visto de desconocimiento que tiene el habitante de Palacio Nacional ya no de la compleja maquinaría de la economía, sino del delicadísimo balance de la salud pública y de abandonar a su triste suerte a generaciones completas que aunque acudan a la escuela no recibirán la instrucción adecuada tan sólo porque la Reforma Educativa afectaba intereses monetarios que el Ejecutivo prefirió de aliados y no de verdaderos contrincantes.

Y, sin embargo, tanto la caída económica, como la desatención de ciudadanos enfermos más la absoluta falta de cuidado a un sistema educativo que colapsará, el Ejecutivo, que “marca la agenda” como se dice en las redacciones vetustas, hablará sólo del avión, del maldito avión perfectamente adecuado como sede alterna y voladora del poder máximo en el país, pero que ya nunca más volará para cumplir su destino.

El problema más grande al que se enfrenta la ciudadanía y, ni hablar, una gran parte de la prensa, es que no se pueden desatender las puntadas del Ejecutivo porque a fuerza traen consecuencias, nefastas, desde luego. Así que se consumen energías, espacios, talentos, en tratar de ver por dónde va el tiroteo del nuevo chistecito presidencial. Desde luego, la ocurrencia del día o de la semana no va a ningún lado concreto, pero atrae como un imán gran parte de la atención.

Usted lo ha vivido, y si no, haga la prueba: pregúntele a sus vecinos o compañeros de trabajo sobre cuál es el tema de actualidad más relevante: difícilmente le responderán que la salud o el retroceso educativo. Le van a decir que el avión presidencial o el cambio de fines de semana largos que les arruinan sus escapaditas. Olvídese de plantear la idea de que es pertinente estar a las vivas con el Coronavirus —abastecerse así sea al mínimo de gel antibacterial, unos cuantos cubrebocas y algunos guantes desechables—.

El discurso que permea en las charlas de amigos o compañeros es la nueva sinrazón de la mañanera. Y eso es altamente peligroso, porque aunque nos importara un carajo el destino del avión presidencial, en el imaginario colectivo resulta como si fuera muy importante para el destino del país, y no lo es. El avión presidencial, sea cual sea su costo final y las pérdidas que ello implique, no es nada para la enorme economía nacional. Es puro cuento, discurso, humo tóxico por enceguecedor.

Pero, maldito avión, hay que atender hasta el último “fuchi caca” que pronuncie el Ejecutivo porque en él descansa una enorme parte del destino del país. Es cierto que usted, con su trabajo, cuida de sí y de su familia hasta donde le es posible, y muchas veces se da cuenta que no alcanza, que no basta, que algo está mal hecho en un país que nada y flota en dinero tan sólo por sus recursos naturales, pero que no crece ni un chilímetro pese a que el voto hacia el nuevo Presidente y su camarilla fue por un cambio radical que funcionara como un motor de crecimiento desde el primer minuto de gobierno.

¿Seguridad? ¿Educación? ¿Salud? ¿Crecimiento? No. Muy por el contrario, pura de Toluca. Puro avión, pura rifa ridícula de un bien que no es ni del Presidente y ni siquiera del país, y que por ello mismo no se puede vender ni rifar ni volar. Maldito, maldito, recontra maldito avión espantapájaros.

Aquí, en este espacio, deberíamos entablar un diálogo usted y yo de las cintas ganadoras del Oscar (y de las maravillas que se quedaron en el camino) o del despropósito de crear una ley que le ponga en la madre al cine exhibido en México al querer que todas las copias sean dobladas a quién sabe cuántas lenguas.

Pero no.

Estamos con la rejalada del avión porque es lo que le interesa al Presidente.

Así que, lector querido, salvo alguna excepción en que una ocurrencia mañanera —por fuera de órbita que parezca— ponga en peligro directamente al país, le ofrezco que en este espacio (que es más suyo que mío porque yo escribo para usted) no tendrá ya cabida ninguna de las majaderas gansadas que a veces, y de modo casi inevitable, han ocupado aquí a su escribidor.

Cultura y sólo cultura, o que nos cargue el payaso. 

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