“Mujeres de fuego, mujeres de nieve”

César Güemes

La marcha numerosísima y voluntaria del domingo más el paro de actividades de una gran cantidad de mujeres que pegará directamente en la economía, justo abajo de la línea de flotación del gobierno federal, son apenas el inicio de la lección de justicia, historia y civilizada razón que la 4T habrá de entender por las buenas.

Al centro de las demandas está la solicitud del cumplimiento de algo tan necesario y básico como la ley. Lo que solicitan de inmediato las mujeres es tan sólo que las autoridades, empezando por el jefe del Ejecutivo, se apeguen a las directrices legales y reglamentarias que deberían regir desde el poder.

En muy apretada síntesis, y sin dejar de lado el resto de las peticiones, es que se detenga el feminicidio. Como arrancar esa aberración de la vida nacional no puede hacerse por decreto, ni con abracitos y besitos, lo indispensable es recuperar el estado de derecho. A saber, dedicarle parte de las fuerzas de seguridad a atrapar, procesar y sentenciar con celeridad y sin fallas en el debido proceso a los culpables.

Eso es todo, ni mucho ni poco, sino el estricto deber de quien le prometió a una nación entera asumir el poder para cambiar la realidad y ahora, desde el púlpito mañanero, se esconde con pretextos cada vez más pueriles.

Lejos, muy lejos de tener preparado todo un plan de acción para responder a las demandas y presentarlo, lo único que se le ocurrió al mandatario como balance de la marcha fue que afortunadamente las pintas y los vidrios rotos habían sido pocos.

Y eso fue todo. Sin profundidad, sin mando verdadero, sin idea de la gobernanza y con un enorme desprecio por la manifestación de mujeres que en número de por lo menos 100 mil recorrieron las calles de la Ciudad de México, y proporcionalmente, las de muchas urbes nacionales.

Pero esta ocasión le será muy difícil a él y a sus consejeros –hasta donde se sabe, consejeros a quienes tampoco escucha– esconderse bajo un manto de plumas de ganso. Esta vez no se metió con la inversión privada como cuando le dio un golpe brutal al futuro del país al cancelar sin ningún argumento técnico los trabajos del nuevo aeropuerto. En ese momento desde luego que hubo protestas no sólo de la sociedad civil sino de los inversores de muy diversas áreas. Pero al compensar con dinero del erario a los, digamos, tenedores de bonos, aquella injusticia para las generaciones venideras cayó en el olvido. Esta vez se metió con la existencia de la mitad de la población nacional, con la tranquilidad y el derecho de vivir de al menos 60 millones de mujeres. Y un error así no hay dinero del erario que lo tape o lo haga olvidar.

Hoy, luego de un día de marcha voluntaria y de un día de paro también voluntario, la mitad del país, de un golpe, ejerció el empoderamiento femenino y las mujeres que marcharon y las que pararon pudieron corroborar que unidas no están solas, y que una vez manifestada la causa se sumaron a ella una sorprendente cantidad de varones. Pero hay más: aquellas que por la razón que fuera no estuvieron en marcha alguna ni les fue posible hacer un alto en sus actividades, también se percataron de la fuerza, del empuje y de la necesidad de hacer valer la ley que por lo menos en el papel las favorece.

De modo que ahora hay una cantidad apabullante de mujeres que conocen y reconocen una capacidad de poder que históricamente les ha sido negada. La misma marcha y el mismo paro de labores habría sido imposible para la generación de nuestras madres: los tabúes sociales, apoyados por los gobiernos y en gran medida creados por el clero, las mantuvieron en silencio. Las voces femeninas que mostraban un camino diferente fueron entonces apenas escuchadas y evidenciaron que al resto de la ciudadanía, mujeres y varones, aquello los superaba y al final todo o casi todo fue silencio.

En este momento, querido lector, le aseguro que todavía no dimensionamos a cabalidad el enorme logro conseguido entre domingo y lunes. Pero lo vislumbramos. Y por cegatos que quieran fingir que son aquellos cuya labor es castigar con efectividad a quien lastime o prive de la vida a una mujer, también se dan cuenta. Es previsible, pues, que se escondan tras alguna cortina de humo. Pudo ser —por suerte no llegamos a tal escenario— que intentaran desarticular al movimiento con la llegada al país del Coronavirus, pero no fue así.

De modo que se abre un compás de espera y toca mover pieza al gobierno federal. Lo hará, permítame insistir, con una cortina de humo. Pero en cuanto echen a andar el ya muy sobado mecanismo de escape se toparán con que del otro lado no hay inversionistas a los cuales conformar reintegrándoles su dinero, sino que están ahí, unidas por la tragedia de 10 feminicidios al día, las mujeres, las mexicanas que encontraron por una vía pacífica ser vistas no sólo aquí sino en gran parte del mundo.

Escribió hace tiempo el poeta –la poesía no necesita banderías políticas– que lo habían estremecido un montón de mujeres, y años después tuvo razón: aquí están esas “mujeres de fuego, mujeres de nieve” de las que hablaba, y no se van a ir a ningún lado porque México es de ellas y ha sonado la hora de recuperarlo para sí.

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