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Manuel Acuña y la prevención del suicidio

15/10/2019
00:50
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Para Héctor de Mauleón,
por mi silencio

 

Ey, cuidadín con las ocurrencias que tiene.

Espérese tantito, le digo.

Sosiéguese.

Compórtese.

¡Gobiérnese!, con una tostada...

Sí, al país ya se lo llevó el tren, por decir lo menos en una nación sin trenes. Que sí, que uno de los poderes de la Unión se ve muy sometido a otro. Y el otro poder restante, pan con lo mismo. Y que a las fuerzas armadas, ésas de las que tanto desconfiábamos usted y yo cuando teníamos veintitantos años, hoy nos duele que las empinen. Ya del mega aeropuerto que nos ayudaría a salir de esta economía globera ni hablamos.

¿Y ya por eso se va a quitar la vida?

¿No se le hace que salirse ahorita de la cancha es más bien un berrinche y que todavía queda tiempo para remontar el marcador?

Bueno, permítame puntualizar un par de verdades. La primera: que en cuatro décadas, en nuestro país se incrementó groseramente la cantidad de suicidios. La segunda: que el acto no es discutible porque la vida es la única propiedad natural con que se cuenta al nacer y que si alguien decide renunciar a ella está en pleno derecho de hacerlo. Le digo que no es discutible, pero también le aclaro que antes del último paso hay muchos caminos por recorrer.

Acuña, nuestro Manuel Acuña, aparece como suele hacer en calidad de querido fantasma de vez en vez si se habla de suicidio. El hombre, con una carrera de Medicina muy avanzada y en pleno uso de sus facultades —andaba ya por los 24 años y la corteza prefrontal (la autoridad máxima entre lo bueno y lo malo), madura hacia los 21— ingirió cianuro, y luego de una esperada y dolorosísima agonía, falleció pese a los esfuerzos de sus maestros y compañeros en la Escuela de Medicina. Esfuerzos que, por otra parte, eran inútiles porque ante el cianuro aún hoy prácticamente no hay nada qué hacer.

El México que le correspondió vivir a Acuña era complicado, tanto o quizá un poco más que el actual salvo porque no existía la sobrepoblación. Su muerte por mano propia, sin embargo, ha sido motivo de especulaciones y muy escasos trabajos serios. Se habla, equívocamente, de una ruptura sentimental con “el amor de su vida”, Rosario de la Peña. No hubo tal, no está consignado en parte alguna. La joven De la Peña era afecta a la cultura y a la amistad de los hombres que la generaban, muchedumbre entre los cuales estaba nuestro poeta. Que si le dedicó un poema semanas antes de morir, el “Nocturno”, es cierto, pero Manuel le había ido dedicando poemas a cuanta mujer le parecía pertinente. Y luego de escribir el “Nocturno” (no de publicarlo porque eso ocurrió mucho después de su fallecimiento), Acuña vivió como siempre: entre sus libros, sus estudios, sus amigos y, así fue y ni hablar, entre las mujeres que le dispensaron su cariño. Además le faltaba poco para conocer la paternidad con quien sí fue su compañera sentimental y lo seguiría de tumba en tumba, la también poeta Laura Méndez.

Hoy, es innegable, hay personas que se sienten anónimas sin serlo, y tal vez ello sea un factor para quitarse la vida. Acuña, no. Al contrario, había conformado un robusto grupo de grandes amigos entre quienes se encontraban lo mismo sus contemporáneos, también escritores y periodistas, que sus maestros, médicos y gente de letra impresa. Más allá de sus poemas, que le habían formado un aura bien ganada de poeta, estrenó con toda la mano su obra de teatro El pasado y salió triunfante, diríamos en hombros, gracias a ello. Así que el poeta, dramaturgo y periodista estaba lejísimos de sentirse anónimo.

En cuanto a su condición económica, era como la de casi cualquier estudiante: vivía con lo justo. Había obtenido merced a su trabajo académico una beca consistente en un cuarto dentro de la Escuela de Medicina, y los alimentos. Nada más. Ni un centavo extra. Y con todo, aquello era mucho más que suficiente si pensamos que su familia, de condición extremadamente humilde, no pudo apoyarlo en nada desde que viajó a la Ciudad de México. Pero Acuña desde luego cobraba honorarios por su participación en los diarios, por aquel entonces mayores en número que los actuales, y con ello se pagaba, abstemio absoluto, lo mismo el tabaco y el café que la vestimenta. No se mató por ser un estudiante con carencias, aunque las tuvo.

Algún día le contaré de un par de periodistas que cuando universitarios se veían en la disyuntiva de invertir su capital o en un transporte público que los acercara a sus destinos o en un café instantáneo y lanzarse caminando mientras solucionaban el mundo con su charla. Y ambos optaron siempre por aquel café infame y una buena conversación. Uno se hizo escritor, el otro es director de un periódico.

Ahora, acaba de llevarse a cabo una campaña en prevención del suicidio, y esperemos que obtenga saludables dividendos. Sólo que Acuña, que lo tenía todo y ganado a pulso, tenía también el derecho de matarse y lo hizo, además, con sus conocimientos de medicina.

Respecto de la dedicatoria de esta columna, resulta que el buen De Mauleón metió el otro día un gol en fuera de lugar y sólo el VAR de aquí su escribidor lo registró. Un gol inocente, entre camaradas. Y él sabe que no diré nada porque ni el propio Héctor se dio cuenta, y porque ambos sabemos que el silencio respecto de una broma jamás valdrá tanto como la amistad.