Línea de fuego: la nueva de Pérez-Reverte

César Güemes

“Son las 00:15 y no hay luna.

“Son las 00:15 y no hay luna.

Agachadas en la oscuridad, inmóviles y en silencio, las catorce mujeres de la sección de transmisiones observan el denso desfile de sombras que se dirige a la orilla del río.

“No se oye ni una voz, ni un susurro. Sólo el sonido de los pasos, cientos de ellos, en la tierra mojada por el relente nocturno; y a veces, el leve entrechocar metálico de fusiles, bayonetas, cascos de acero y cantimploras.

“El discurrir de sombras parece interminable. Hace más de una hora que la sección permanece en el mismo lugar, al resguardo de la tapia de una casa en ruinas, esperando su turno para ponerse en marcha. Obedientes a las órdenes recibidas, nadie fuma, nadie habla y apenas se mueven.”

Así da inicio la novísima novela de Arturo Pérez-Reverte, de título Línea de fuego, que se pondrá en circulación dentro de escasas ocho semanas por su casa, Alfaguara, sello que ha liberado a cuentagotas información sobre el trabajo. La página literaria Zenda.com, de la cual el prosista es fundador, inició en las redes sociales, por su parte, el banderazo de lo que ahora llamamos hype, y que es en el sentido estricto el inicio de una gran expectativa. Y aún el propio Reverte dejó ver un microscópico atisbo a la nueva producción, también en redes.

Muy pocas personas han tenido acceso a capítulos completos del trabajo, uno de los más ambiciosos del narrador toda vez que se adentra directamente en las entrañas y la maquinaria del cruento episodio que fue la Guerra Civil Española a través del episodio de la batalla del Ebro. El extraordinario y gentil pintor Augusto Ferrer-Dalmau, de quien quizá sea la portada, es uno de esos lectores iniciales y lo escasísimo que menciona indica que la obra lo deja apabullado. Con eso podemos darnos una clara idea de la fuerza de la narración, porque Ferrer-Dalmau (que no se escapará de una entrevista sobre su ya monumental obra) no sólo es un conocedor de la historia y es literalmente un pintor de batallas, sino que se ha plantado en numerosos escenarios de guerra en activo para tomar apuntes directos de lo que la vida y la muerte significan cuando se vive entre balas que pasan más rápido que la velocidad del sonido.

Sigamos con el capítulo inicial de Línea de fuego:

“La soldado más joven tiene diecinueve años y la mayor, cuarenta y tres. Ninguna de ellas lleva fusil ni correaje como las milicianas que tanto gustan a los fotógrafos de la prensa extranjera y ya nunca pisan los frentes de verdad. A estas alturas de la guerra, eso es propaganda y folklore. Las catorce de transmisiones son gente seria: cargan una pistola Tokarev al cinto y, a la espalda, pesadas mochilas con material técnico o gruesas bobinas de cable de teléfono. Todas son voluntarias en buena forma física, disciplinadas, comunistas de militancia y con carnet del partido: operadoras y enlaces de élite formadas en Moscú o por instructores soviéticos en la escuela Vladimir Ilich de Madrid. También son las únicas de su sexo adscritas a la XI Brigada Mixta para el cruce del río. Su misión no es combatir directamente sino asegurar, bajo el fuego enemigo, las comunicaciones en la cabeza de puente que el ejército republicano pretende establecer en el sector de Castellets del Segre.”

En una breve charla con Pérez-Reverte, aquí el escribidor le planteó hace unos días la pertinencia de una entrevista relámpago, pero un asuntillo que comprometía precisamente la seguridad de las comunicaciones aplazó, esperemos que por poco tiempo, esa labor. A cambio, lector amigo, sigamos con la novela:

“Dolorida por las cinchas del armazón que lleva a la espalda con una bobina de cien metros de cable telefónico, Patricia Monzón —sus compañeras la llaman Pato— cambia de postura para aliviar el peso en los hombros. Está sentada en el suelo, recostada en su propia carga, contemplando el discurrir de sombras que se dirigen al combate que aún no ha empezado. La humedad de la noche, intensificada por el río cercano, le moja la ropa. Como la bobina y la manta que lleva terciada no dejan espacio para mochila ni macuto —se enviarán con el segundo escalón, les han prometido—, viste un gastado mono de sarga azul con grandes bolsillos llenos de lo imprescindible: paquete de cura individual, una tira cortada de neumático para detener hemorragias, un pañuelo, dos paquetes de Luquis y un chisquero de mecha, documentación personal, el croquis a ciclostil de la zona que les repartió el comisario de la brigada, un par de calcetines y unas bragas de repuesto, tres paños y algodón por si viene la regla, media pastilla de jabón, una de chocolate, una lata de sardinas, un chusco de pan duro, el manual técnico de transmisiones de campaña, un cepillo de dientes, un palito para apretar en la boca durante los bombardeos y una navaja suiza con cachas de asta.”

Y si el maestro Ferrer-Dalmau sabe de historia y de combates, lo cierto es que Reverte invirtió décadas de su vida profesional en ser enviado de guerra. Sus obras iniciales, de hecho, las fue escribiendo entre un conflicto bélico y otro, hasta que decidió dedicarse de tiempo completo a la literatura y la historia, sus territorios desde siempre, y a navegar en tanto marino de formación que es. Por lo pronto, sólo basta esquivar al menos ocho semanitas a la feroz pandemia que arrasa con todo para leer al fin Línea de fuego. Y ya después veremos.

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