La revancha de Chester Cheetos y el Osito Bimbo

César Güemes

La problemática, señores de las leyes, está en otro lado, pero siempre será muchísimo más sencillo aprobar una modificación sobre ositos y tucanes coloridos a buscar y atrapar a los verdaderos criminales que asolan el país

Mientras dentro del país una mujer es impunemente asesinada, en promedio, cada dos horas y media: mientras hay niños con cáncer que no reciben los medicamentos a que tienen derecho; mientras se habla de una inexistente vacunación que proteja a los ciudadanos contra el coronavirus, entre otras muy numerosas atrocidades cometidas por la presente administración, la ley dirige sus poderosas balas en contra del etiquetado de golosinas.

Sí, todos sabemos que los productos industrializados comestibles, en particular aquellos que no sean precisamente un consomé de pollo o una sopa, no son precisamente la fuente nutrimental en la que pueda apoyarse el crecimiento de un país. Eso lo hemos entendido desde siempre. No hace falta que venga una legislación, con “toda la fuerza del Estado” (ahí sí, ¿verdad?), a atacar la libre competencia por el mercado y desaparecer de un plumazo la identidad de los productos que tienen derecho de ser exhibidos en las tiendas y que los adquiera quien desee hacerlo.

Ahora se han ido (casi) el Osito Bimbo, el felino amistoso de Chester Cheetos, el simpático tucán de los Froot Loops y el Tigre Toño, junto con varios otros. Con ese atentado a la libre competencia e identidad de los productos dice papi gobierno que ahora sí los niños van a crecer sanos y fuertes, aunque sin medicamentos en caso de que padezcan cáncer, aunque sus padres se queden sin trabajo por el desplome de la economía que se agudizó con la pandemia, aunque las mujeres de su familia sigan siendo víctimas de feminicidios y violaciones.

La ley que nos ocupa se expresa en la Norma Oficial Mexicana NOM-051, de la siguiente forma en el apartado 4.1.5: “Los productos preenvasados que ostenten uno o más sellos de advertencia o la leyenda de edulcorantes, no deben: a) incluir en la etiqueta personajes infantiles, animaciones, dibujos animados, celebridades, deportistas o mascotas, elementos interactivos, tales como, juegos visual-espaciales o descargas digitales, que, estando dirigidos a niños, inciten, promueven o fomenten el consumo, compra o elección de productos con exceso de nutrimentos críticos o con edulcorantes, y b) hacer referencia en la etiqueta a elementos ajenos al mismo con las mismas finalidades del párrafo anterior.”

La problemática, señores de las leyes, está en otro lado, pero siempre será muchísimo más sencillo aprobar una modificación sobre ositos y tucanes coloridos a buscar y atrapar a los verdaderos criminales que asolan el país.

La vida mercadotécnica sigue, sin embargo, y junto con la necesidad de las empresas a continuar funcionando, le ha dado un golpe y una lección a quienes aprobaron desaparecer a los personajes de identidad de ciertos productos. De plano, el Osito Bimbo no está en la envoltura sino en el producto mismo, impreso por un sencillo tratamiento similar al pirograbado o junto a la imagen de la marca de servilletas cuyo emblema es el perrito Poppy. Si se llevaron al tucán de Froot Loops, ahí, al fijarse un poco, están las plumas y sencillos trazos en los que aparece el prominente pico del personaje. Y si quisieron darle caza a Chester Cheetos, se les escapó el rabo del amistoso guepardo que lo representa sin problemas.

La grave, múltiple y cada día más compleja problemática nacional no guarda relación alguna con ositos ni felinos de caricatura, sino con la consideración espantosa de que “gobernar no tiene mucha ciencia”.

Así que Chester Cheetos y el Osito Bimbo demostraron que pueden persistir, en su inocente existencia, sin apegarse a ningún “criterio de oportunidad”. Una revancha sencilla, legal y que, ahí sí, implicó infinitamente menos ciencia que la necesaria para gobernar.

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