En épocas de enfermedad, como la presente, desearíamos que existieran médicos como el ácido y chocarrero doctor House o el sereno hasta el límite Shaun Murphy, que interpreta el todavía joven pero talentosísimo Freddie Highmore en la serie The good doctor. Vamos, que si el arte cinético existe es, como dice Jorge Ayala Blanco, para “soñar con los ojos abiertos”.

Circula la especie de que en el mediano plazo tengamos ya la cuarta temporada de The good doctor, aplazada como todas las producciones por la pandemia. Pero si usted, lector paciente, no la ha frecuentado, ahora se transmite en televisión no restringida desde su episodio inicial. Y verla ya sea por vez primera o por segunda, siempre es un lujo.

Una gran distancia separa al mencionado House de Murphy, porque el buen Shaun tiene lo que hoy entendemos como una condición: trastorno del espectro autista. Nada que lo imposibilite para ser un médico cirujano de primera línea en un hospital de ensueño de los existentes en países como Estados Unidos. Es cierto que Murphy lucha a diario con los problemas prácticos que le plantea la carencia de facilidad para relacionarse socialmente, pero casi siempre consigue resolverlos. Y otro tanto sucede con su capacidad como médico: no siempre encuentra la manera de auxiliar a quien lo necesita —hay casos francamente irresolubles—, pero además de su perseverancia ejemplar, cuenta con aquello que casi nadie en el mundo posee: el Síndrome de Savant, que en términos generales es un talento intelectual desarrollado mucho más allá de lo que el común de los mortales alcanzamos. De suerte que para el televidente es maravilloso “verlo” pensar, asomarse así sea un poco a la maquinaria de un cerebro privilegiado como el suyo.

De lo que sabemos de la serie, pero conviene no olvidar, es que si bien la produce y escribe David Shore —cuyo historial es amplio y abarca temáticas radicalmente distintas como La ley y el orden—, el mismo que de Doctor House, la base fue una producción surcoreana de enorme éxito en aquel lado del mundo, El buen doctor, creada y escrita por Park Jae Bum, a su vez guionista de diversas series más y con incursiones en el cine.

Quizá, vista con calma, The good doctor tiene por ahí algunos pecadillos que sólo quien se interesa en la medicina detecta, pero que como son pecados veniales pueden dejarse pasar sin que afecten a la trama. Pero también pensemos que dramas médicos que se apeguen casi en su totalidad a la ciencia se logran sólo cuando un médico profesional es además escritor, como ocurrió con el siempre recordador jefe Michael Crichton y su ER, Emergencias.

A cambio de esas fallas menores, The good doctor nos acerca a lo más nuevo en tecnología médica —desde luego con la idea subyacente de venderla— pero que ayuda a balancear el total.

Lo único que lastima en nuestro país a la serie es el subtítulo impuesto: “Un médico diferente”. No, ni madres, Shaun Murphy es un médico extraordinario, y sin caer en el área de los “delicaditos” —esos que en redes sociales quieren que todo sea como en el Manual de Carreño— eso de “diferente” lo veja, justo cuando el personaje ha peleado toda su vida contra las vejaciones de los “no diferentes” y va saliendo airoso paso a paso, metro a metro.

Si el doctor Murphy existiera y viviese en México, seguro que a estas alturas del partido lo maltratarían en las calles a diario y muy probablemente algunos ineptos exigirían su renuncia, acusado, por ejemplo, de ser un gran médico pero no tener en sus manos la piedra filosofal.

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