“Gambito de Dama”: darse jaque a uno mismo

César Güemes

Todo parece indicar que jugó siempre buscando no sólo dar jaque mate al oponente, sino, carajo, tender la red de mate para sí misma

1. En la forma de sujetar el taco se conoce a quien lo degusta. Eso lo sabemos de sobra en nuestro mexicano domicilio. Bien, pues en el ajedrez pasa lo mismo. Si ve usted una partida en la que vaya algo de por medio (plata, prestigio, o ambos), verá que algunos competidores tontean con la pieza a mover y si –cuidadín que el diablo está en los detalles – van a “tomar” una pieza del oponente, la sujetan burdamente junto con la propia y después de enredarse casi azotan la pieza tomada y miran a su rival como esperando un aplauso, entonces puede usted retar sin problemas. Pero si ve que un jugador sujeta su pieza con el pulgar, el índice y el dedo medio, y en un solo, simple y firme movimiento “toma” la pieza capturada y se la lleva con el medio (ya liberado) y el anular, y la deposita suavemente al lado del tablero, mejor absténgase, observe y, si le apetece, aprenda de la partida pero desde la barrera del respeto.

2. Beth Harmon, la protagonista de la miniserie “Gambito de Dama” no tiene precisamente ese formato profesional de mover las piezas. Pero posee, a cambio, un don (el término es chocante pero funciona) el de lo que entendemos como anticipación combinatoria –“ver” al menos seis jugadas suyas y del oponente en el futuro– y además, debido a su peculiar y duro crecimiento psicosocial, sabe borrar al mundo que la rodea cuando está frente a un tablero. Lo primero, se trae de nacimiento, lo segundo se aprende. O, casi.

3. No es gratuito de ninguna forma que la serie se haya convertido en un clásico instantáneo y referencial. Beth Harmon es ciertamente reflejo de muchos niños prodigio en muy distintas áreas de excelencia, pero tiene otra ventaja más: fue producto del ya fallecido escritor estadounidense Walter Tevis nada menos que el mismo de El audaz (The hustler) y El color del dinero, las dos llevadas al cine con Paul Newman –la segunda con la compañía de otro joven prodigio, sólo que del billar, interpretado por Tom Cruise–, o El hombre que cayó a la tierra, también en la pantalla grande (menuda expresión) pero con David Bowie, más otras muy escasas novelas y una enorme cantidad de relatos breves. Y si algo sabía hacer el maestro Tevis era dotar a sus personajes de un intenso mundo interno, a los que si bien vemos desarrollarse conforme a sus acciones, por lo general éstas serán producto de una batalla personal que desde luego como lector o espectador siempre conoceremos.

4. Beth Harmon, interpretada en la serie por Anya Taylor-Joy –cadena de oración por la existencia de una actriz como ella–, pelea, en efecto, una batalla al lado del ajedrez: la adicción fisiológica (de ninguna manera reprochable porque fue inducida a ella y porque cada quién se cura el alma como mejor puede) al Librium, muy empleado en los años cincuenta del siglo pasado (y luego sustituido con buena fortuna por benzodiacepinas avanzadas) y simultáneamente –niños y niñas, no hagan esto en casa– al alcohol. Los paraísos artificiales, si se quiere visitarlos, han de ser uno por uno y jamás mezclados.

5. Todo lo demás, o sea la apertura, el juego medio, la defensa y el ataque, cada uno de nosotros, en la vida interna, los iremos librando con aciertos y errores. En el caso de Beth Harmon –hay que ver al menos en dos ocasiones la serie y repasar los subrayados en la novela, publicada en castellano por Alamut Ediciones bajo el título de Gambito de Reina– todo parece indicar que jugó siempre buscando no sólo dar jaque mate al oponente, sino, carajo, tender la red de mate para sí misma.

6. Y, ni hablar, se ganó legítimamente el derecho a hacerlo.

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