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Más allá del número de muertos, recuperados y contagiados

Catalina Pérez Correa

Hace 80 días tuve los primeros síntomas de Covid19. Había leído suficiente sobre la enfermedad para más o menos saber qué esperar. Sabía de la importancia de tener un oxímetro en casa, de no salir y no automedicarme. Nunca estuve hospitalizada, ni siquiera llegué a sentirme tan mal como para quedarme en cama. Ya fuera para darles de comer a los perros o hacer algo del aseo, me levantaba por ratos. Nunca bajaron mis niveles de oxigenación, no tuve fiebre ni tos, ni siquiera me dolió la garganta. Sentía cansancio, fuertes dolores en articulaciones y músculos, y opresión en el pecho. No pude acceder a una prueba en el sistema público, tuve que pagarla -a un precio altísimo- en un laboratorio privado. Esta me sirvió para saber que lo que tenía era Covid y que los doctores -practicantes privados- me monitorearan a distancia.

Pasaron las primeras semanas y sentí un enorme alivio al saberme fuera de peligro. Era cuestión de tiempo, pensaba, para estar bien y dejar este episodio atrás. Había leído que se trataba de una enfermedad de corto plazo. Soy una persona sana, me ejercito regularmente y no tengo padecimientos previos. Pero agosto concluyó y los síntomas persistían. Pasaron tres semanas, luego cuatro, cinco, seis, siete. Todas las mañanas abría los ojos, me levantaba lentamente solo para constatar que ahí seguía el mareo y la nube mental.

En algún momento me topé con un artículo del New York Times que hablaba sobre personas con secuelas de Covid19. Ese artículo me llevó a otros e incluso a grupos en redes sociales sobre Covid de largo plazo. Descubrí que miles personas se recuperan de la enfermedad, pero sus síntomas subsisten: fatiga crónica, dolores de cabeza o de cuerpo, mareo, confusión, opresión en el pecho. Pocas de estas personas habían sido hospitalizadas. Mucha gente era sana antes de enfermar de Covid, no tenían tampoco padecimientos previos y eran jóvenes. Algunos presentan síntomas desde marzo. En algunos casos las secuelas son tan graves que impiden llevar vidas funcionales. En otros -como el mío- son llevaderas, con días de mejora, pero otros de retroceso. No puedo ejercitarme como solía hacer, pero sí cumplir con mis obligaciones de trabajo, con el cuidado de mis hijos y de la casa. Si camino o me esfuerzo demasiado, sé que tendré varios días malos después.

Algunos estudios que he encontrado intentan explicar por qué los síntomas persisten, pero no hay aún tratamientos. Varias universidades en Estados Unidos han abierto clínicas para estudiar y tratar los efectos de largo plazo de Covid. Posiblemente si no me hubiese contagiado, nunca me habría enterado de nada de esto. Me hubiera quedado en la cuenta de muertos, recuperados y contagiados.

Me sé afortunada de no haber enfermado de gravedad, pero también por tener un trabajo que me permite estar en casa, sentada frente a la computadora gran parte del día. Me pregunto qué hacen las personas cuyo trabajo demanda esfuerzo físico, estar en la calle o de pie. ¿Perdieron sus empleos, su fuente de ingreso? ¿Qué pasa con quienes no pudieron pagar una prueba y hoy sufren secuelas sin saber de qué se trata? Si ni siquiera se identifica correctamente a los muertos por Covid en el país, ¿cómo va nuestro sistema de salud a lidiar con las secuelas de la epidemia?

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