Novela de la Revolución

Carmen Galindo

Pocos se acuerdan y muchos no lo saben, que la CIA comenzó una ofensiva sin cuartel contra el muralismo y la novela de la Revolución Mexicana. Contra el muralismo se entiende, ¿pero contra la narrativa de la Revolución? Era la posguerra, vale decir la de la guerra fría, o sea la lucha por la hegemonía entre los países vencedores: la Unión Soviética y los Estados Unidos.

En la cultura, los norteamericanos querían arrebatarle a París el título de capital del arte, que provenía de que se habían radicado ahí las muchas vanguardias del mundo y para colmo de bienes, el existencialismo francés, cuando, en fin y en palabras de Hemingway, “París era una fiesta”. A cambio, EU impulsó el expresionismo abstracto, a Nueva York como metrópoli cultural con el Museo de Arte Moderno como anzuelo y las galerías de la calle Madison para el negocio.

La historia estaba casi olvidada (aunque la guerra nunca ha cesado) cuando un ex director de la CIA, en entrevista con The Guardian, comentó el plan contra el arte mexicano y lo que algunos ya sabíamos: que la CIA era el mayor coleccionista de pintura abstracta del mundo. La revista Life, la más leída en los cincuentas, realizó entonces un concurso para premiar la literatura fantástica y José Gómez Sicre promovió certámenes de pintura no figurativa. (Aquí, se llamó Confrontación y lo ganó Fernando García Ponce).

Creo inadecuado el término de novela de la Revolución, e incluso corto el de narrativa, aunque incluye el cuento; porque este movimiento, como ningún otro, suma todos los géneros literarios. Como ha estudiado en su antología Marcela del Río, hay excelentes obras de teatro; poemas y corridos para dar y prestar. El águila y la serpiente, que es mi obra preferida del ciclo, es una crónica y testimonios por montón, porque cada quien quiere defenderse o dar su versión.

Lo sorprendente es que toda esta literatura no es a favor, sino en contra de la revolución. Los de abajo, la novela fundacional, es crítica del movimiento. Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, y Cartucho de Nellie Campobello, son un muestrario de escenas atroces. La sombra del Caudillo, de Martín Luis Guzmán y la novela corta El resplandor, de Mauricio Magdaleno, muestran la revolución traicionada. (Se llevaron el cañón para Bachimba de Muñoz creo recordar que es a favor).

Y luego vienen los juicios sumarios: La muerte de Artemio Cruz, sobre la revolución que se bajó del caballo y se subió al Cadillac y Los relámpagos de agosto, parodia de los testimonios, de Jorge Ibargüengoitia. El rey viejo narra, en fin, el asesinato de Carranza. Total, si usted encuentra una literatura de la Revolución Mexicana comunista o simplemente a favor de este movimiento, repórtelo a la CIA. A despecho de la propaganda en contra, Diego Rivera es de los artistas más prestigiados y caros del mundo y Frida Kahlo la más cotizada en América Latina y en EU nació la fridomanía.

Con todo acierto, Arnaldo Córdova mostró que la ideología del PRI es la Revolución y eso sí, (no la CIA) desprestigió, no a la literatura, sino a la misma Revolución, que, dicho sea de paso, es una gran revolución, porque abrió el camino al capitalismo, la etapa que seguía en la historia de México.

(No quiero terminar esta nota, sin dar mi pésame a Vicky Méndez, por el fallecimiento, a causa del Covid, de su esposo Martín Luis Guzmán Ferrer. Él fue periodista, funcionario cultural y el nieto más cercano al escritor).

 

Profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
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