Los mexicanos tenemos una habilidad extraordinaria para resolver problemas cuando el reloj está a punto de agotarse.

Nos crecemos ante la adversidad. Sacamos la casta. Improvisamos soluciones. Corremos, parchamos, barremos, pintamos, inauguramos y, cuando todo parece perdido, conseguimos que el evento ocurra.

Después nos felicitamos por haber evitado el desastre.

El Mundial comenzó en la CDMX. Finalmente sí hubo partido inaugural. El estadio se llenó. Las cámaras transmitieron la fiesta. El país se vistió de verde y ganamos 2-0 a Sudáfrica.

Pero la historia completa es otra.

Desde junio de 2018 sabíamos que seríamos sede mundialista. Tuvimos ocho años para prepararnos. Ocho años para planear obras, programar inversiones, anticipar conflictos, corregir fallas y recibir el torneo con una ciudad en razonable orden.

Aun así, llegamos al silbatazo inicial como solemos llegar a casi todo: al cinco para las 12.

La rehabilitación de la Línea 2 del Metro debía concluir en mayo. No ocurrió. Las fechas se recorrieron y, un día antes de la inauguración, todavía permanecían cerradas varias estaciones, mientras en otras continuaban los trabajos de remodelación.

Estamos hablando de una de las arterias principales de la ciudad y de una ruta esencial para mover personas hacia el sur, precisamente donde se encuentra el estadio.

En paralelo se inauguró el Jardín Flotante Tlallipan, el corredor peatonal elevado construido sobre Calzada de Tlalpan. Una obra de 1.8 kilómetros presentada como emblema de recuperación urbana. La ceremonia se realizó apenas cuatro días antes del Mundial.

La lluvia tardó menos que los discursos oficiales en poner las cosas en su lugar.

Horas después de la inauguración aparecieron encharcamientos en distintos puntos del recorrido. Al día siguiente, el problema se repitió. Las imágenes fueron difíciles de superar: una obra —a un costo de dos mil millones de pesos— recién inaugurada con trabajadores barriendo los charcos.

El Aeropuerto de la Ciudad de México tampoco se quedó atrás. La primera fase de su remodelación fue declarada concluida el 31 de mayo. Pero la entrega administrativa no coincidió plenamente con la terminación material.

Después del acto inaugural todavía había trabajos pendientes en distintas áreas. El 2 de junio se desprendió parte de la techumbre de un puente peatonal frente a la T1. El 7 de junio, en la rampa de acceso a la planta alta de la T2, una máquina utilizada en los trabajos provocó una oquedad en la que quedó hundida.

Pocas imágenes resumen mejor nuestra relación con la planeación: una aplanadora atrapada en un socavón a cuatro días del Mundial.

Y mientras las autoridades intentaban concluir obras, retirar tapiales, reparar desperfectos y limpiar charcos, la CNTE encontró el momento perfecto para elevar sus exigencias.

Durante los días previos al torneo, los maestros bloquearon vialidades, mantuvieron un plantón en el Centro Histórico, amagaron con movilizarse hacia el aeropuerto y marcharon por Calzada de Tlalpan rumbo al Estadio Azteca. El día de la inauguración fueron contenidos por un amplio y efectivo dispositivo policial.

El partido pudo jugarse. El gobierno evitó la crisis.

Pero también en este caso la solución llegó al cinco para las 12: cercos policiales, restricciones de acceso, estaciones cerradas, vialidades bloqueadas y funcionarios negociando bajo la brutal presión del reloj.

No pretendo minimizar el esfuerzo de quienes trabajaron para que la ciudad funcionara. Estoy seguro de que hubo muchos servidores públicos, ingenieros, policías, técnicos y trabajadores que hicieron jornadas extenuantes para resolver lo que otros no previeron con suficiente anticipación.

Ese es precisamente el problema.

Hemos convertido la improvisación en una virtud nacional porque nos hemos acostumbrado a necesitarla. Confundimos capacidad de reacción con capacidad de gobierno. Aplaudimos que las cosas salgan porque hemos renunciado a preguntar por qué estuvieron a punto de salir mal.

Somos el país del cinco para las 12.

Y lo más preocupante no es que siempre lleguemos tarde.

Es que todavía nos sentimos orgullosos de llegar.

POSTDATA – Gracias a la Selección Nacional por darnos un respiro ante el caos.

@CarlosSeoaneN

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