Todo empezó con una imagen insólita: una mujer captada mientras asoleaba sus piernas en un balcón de Palacio Nacional. La escena, menor en apariencia, no escaló por su rareza, sino por la torpeza con la que fue respondida.

En México ya sabemos cómo reaccionará el poder ante una escena incómoda. Basta con conocer el guion.

Aparece una imagen. Surge una duda. Circula un video. Se abre una grieta. Y entonces arranca la función: primero no sabemos; luego no es cierto; después es una exageración; más tarde, una campaña; enseguida, una manipulación de los adversarios; y al final —cuando la realidad ya se impuso por su propio peso— una explicación improvisada que llega demasiado tarde para reparar el daño.

No es un error de comunicación. Es un modelo de gobierno. Y la escena del balcón lo volvió a exhibir con precisión casi pedagógica.

El problema no es que exista un hecho incómodo. No que circule una versión no confirmada. No que la oposición aproveche. Todo eso es normal en política. Lo anormal, lo verdaderamente alarmante, es que un gobierno siga creyendo que negar lo evidente le devuelve el control.

Hoy se miente con soberbia moral. Antes, al menos, existía cierta conciencia de que la contradicción costaba. Hoy pareciera que no. Hoy la apuesta consiste en negar primero y acusar siempre, como si el desgaste no proviniera de los hechos, sino de quienes los observan.

Es una lógica curiosa: la culpa nunca es de la torpeza, sino del espejo.

Y ahí está el verdadero guion, ese que ya hemos visto en incontables ocasiones: negar, desviar, victimizarse, culpar al pasado, denunciar conspiraciones y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. No importa si se trata de inseguridad, corrupción, falta de medicamentos, accidentes de tren, huachicol o una imagen tomada en el lugar más simbólico del poder. La mecánica es la misma. Cambian los personajes; no cambia la obra.

Ya no se gobierna para esclarecer, sino para administrar la incomodidad; ya no se comunica para informar, sino para ganar tiempo; ya no se responde para corregir, sino para resistir el siguiente ciclo de noticias. Es política de contención narrativa, no de responsabilidad pública.

Y cuando esa práctica se vuelve rutina, se erosiona la credibilidad entera del aparato público. Porque la confianza no se pierde de golpe. Se pudre por repetición.

Se pudre cuando toda evidencia es recibida como ataque.

Se pudre cuando toda pregunta se interpreta como emboscada.

Se pudre cuando toda rectificación llega después de la negación, nunca antes.

Se pudre cuando el gobierno cree que controlar el tono basta para controlar la realidad.

La comunicación de crisis tiene reglas elementales: verificar antes de negar, hablar antes de que otros ocupen el espacio, reconocer incertidumbre cuando no hay certeza y corregir rápido cuando los hechos desmienten la primera versión. No hacerlo amplifica la crisis. No hacerlo aviva el incendio.

Pero en México se ha optado por lo contrario: hacer de la negación un reflejo y de la arrogancia un protocolo.

Un gobierno acostumbrado a responder así deja de ver la crisis como un llamado de atención y empieza a verla como una agresión externa. En ese punto ya no corrige: se atrinchera. Ya no escucha: se defiende. Ya no informa: administra agravios. Y cuando el poder entra en ese estado mental, todo termina pareciéndose demasiado a una paranoia con presupuesto público.

Lo peor es que ni siquiera se trata de una estrategia sofisticada. Es rudimentaria. Es repetitiva. Es predecible. Es, justamente, un guion.

Y los guiones, cuando se representan demasiadas veces, acaban revelando el truco.

Hoy el problema del poder es que responde a todas con la misma mezcla de negación, suficiencia y propaganda. Cree que sobrevivir al escándalo equivale a resolverlo. Cree que salir del paso es salir bien.

Y no. No lo es.

Porque un gobierno que siempre necesita corregir lo que negó termina educando a los ciudadanos en una conclusión devastadora: que la primera versión oficial casi nunca merece confianza.

Y cuando eso ocurre, ya no estamos frente a un tropiezo.

Estamos frente a una forma de gobernar.

Comentarios