Mi ritual matutino es casi siempre el mismo. Al despertar, todavía acostado, leo las columnas de opinión y reviso mis periódicos de cabecera: EL UNIVERSAL y Reforma. Empiezo el día con una necesidad casi física de informarme, de reconectarme con el país después de varias horas de desconexión y de un muy necesario descanso.
Y aunque profesionalmente me dedico a temas de seguridad, no crean que arranco directo con el contenido más denso. De hecho, trato de evitarlo. Empiezo por espectáculos, luego deportes, como quien se concede unos minutos de anestesia antes de enfrentar la realidad.
Pero inevitablemente llego a las noticias nacionales. Y es ahí donde algo se rompe. De eso quiero hablar hoy.
Leo sobre el alcalde morenista de Tequila, Jalisco. Dos años en el cargo bastaron para que él y su camarilla hicieran y deshicieran a su antojo: extorsionar comerciantes, presionar empresarios, secuestrar rivales políticos, desviar recursos para alimentar redes criminales. No fue una anomalía ni una desviación aislada. Fue una forma de gobernar. Y la pregunta obligada es cuántos más como él siguen operando políticamente en México.
Paso la página y aparece Sinaloa. Diez trabajadores mineros secuestrados en Concordia hace casi dos semanas. Diez familias esperando. Diez silencios oficiales. El sábado pasado leí que camionetas forenses cargaban cuerpos y restos hallados en fosas en El Verde y La Concordia. “Podrían estar relacionados”, dicen. Podrían. En este país, la incertidumbre se volvió lenguaje institucional.
Sigo leyendo. En Michoacán, el Gobierno federal anuncia la desarticulación de siete bandas dedicadas al cobro de piso a limoneros y aguacateros. Hay cifras, nombres, decomisos, porcentajes a la baja. Todo suena a éxito. Pero casi al mismo tiempo, en Apatzingán, una mina terrestre improvisada hiere a tres soldados durante un patrullaje. El blindaje del vehículo evitó una tragedia mayor.
Más adelante, Mazatlán. Zona Dorada. Turistas del Estado de México secuestrados a plena luz del día mientras paseaban en vehículos recreativos rentados. Se llevan a seis personas. Dejan abandonados los razers. Horas después liberan a una mujer y a una niña. De los hombres, nada. No hay avances. No hay explicación.
Y casi al final, Guanajuato. Salamanca. Un empresario de la construcción, excandidato a la alcaldía, es secuestrado por la mañana y rescatado horas después, con un presunto criminal abatido. Aquí sí hubo reacción inmediata. Aquí sí hubo Estado. La pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿por qué aquí sí y en tantos otros lugares no?
Lo que dejan estos casos no es una conclusión simple. Las cifras oficiales muestran ajustes, cambios de estrategia y reducciones en delitos que durante años parecían inamovibles. Algo se está haciendo distinto y se nota.
Pero al mismo tiempo, el país sigue mostrando escenas profundamente desordenadas: respuestas rápidas en algunos casos, incertidumbre prolongada en otros, violencia que muta y se desplaza de territorio en territorio.
Termino mi lectura con una sensación incómoda. Todo esto ocurre al mismo tiempo, en distintos estados, con distintos actores, y ya casi nadie se detiene a preguntarse por qué. Alcaldes podridos, gobernadores inútiles, mineros desaparecidos, campesinos extorsionados, soldados heridos por minas, turistas secuestrados, empresarios rescatados según el código postal.
No es una suma de hechos aislados. Es un sistema que funciona de manera desigual. Y mientras sigamos normalizando que algunas tragedias merecen respuesta y otras solo silencio, las preguntas seguirán acumulándose.
Yo, por lo pronto, seguiré leyendo y escribiendo… esperando tener más, y no menos, respuestas.
POSTDATA – El descarrilamiento del Tren Interoceánico dejó muertos y heridos. Lo mínimo exigible sería saber qué y quién falló para evitar una nueva tragedia. Pero el gobierno prefirió otra ruta: clasificar la información hasta 2031 bajo el argumento de “seguridad nacional”. No hablamos de planes militares para defender el territorio, sino de un accidente en una obra pública pagada con dinero público. Convertir la seguridad nacional en un paraguas para esconder errores, negligencias o corrupción dista de proteger al país; lo degrada.
@CarlosSeoaneN

