Existen diferentes definiciones para explicar el manejo o la gestión de crisis. Una de mis favoritas es la siguiente: “el momento decisivo en una contingencia a partir del que se transforma para mejorar o empeorar”. Significa que aún en los más graves tiempos podemos llevar a cabo acciones que modifiquen el destino para mantenernos a flote y así poder pelear un día más, sin importar lo adverso o cambiante de las circunstancias. Se sobreentiende que también nos podemos hundir más si no hacemos lo adecuado.

A un nivel más personal, si sufrimos un accidente de gravedad o recibimos un diagnóstico de enfermedad muy seria, perdemos el trabajo o nuestro negocio se va a la quiebra, los planes de vida se alteran y/o desaparecen por completo. Lo que funcionaba bien hace un mes, hoy es totalmente inservible y ahora lo importante es ser flexible, inteligente, adaptable, analítico y que ese problema superlativo no acabe con nosotros o con nuestra organización.

Tenemos el ejemplo a la vista todos los días, no muy aleccionador, de las múltiples adversidades que el gobierno enfrenta y, dependiendo de las preferencias políticas, hay quien dice que lo está haciendo bien o mal. Toda empresa y, asumo, todo gobierno, deben contar con un plan que se irá ajustando conforme al desarrollo de los eventos (positivos y negativos). Normalmente los planes originales no suelen ser los finales, situación que también se puede aplicar en nuestras vidas cotidianas.

Como consultor en crisis, no me explico todavía por qué el gobierno de López Obrador no ajusta la ruta del barco cuando ya ha golpeado icebergs y afronta otros tantos. No parece haber ruta de salida planeada, pues cada decisión, aunque produzca impactos negativos, es vista de forma optimista por el mandatario y nadie se atreve a sugerir una corrección en el rumbo.

Cayó la inversión externa a raíz de la cancelación del NAICM, y todavía se alardea la decisión; decreció el PIB a números rojos en el primer año de gobierno y se habla de cambiar los indicadores económicos; PEMEX pierde miles de millones en su división de refinación, pero se decide construir una nueva refinería; el Covid-19 afecta gravemente la economía mundial, mientras están en marcha las obras insignia multimillonarias de la 4T; las PyMES, que generan ocho de cada 10 empleos, están en serios problemas financieros y el plan de ayuda ofrecido es paupérrimo; la operación y las finanzas de las aerolíneas a nivel mundial se han desplomado y, sin embargo, en dos años inauguraremos un nuevo aeropuerto que tal vez nadie use; los inversionistas buscan certeza jurídica y, mediante una consulta no contemplada en la ley, se cancela una planta cervecera.

Estamos enfrentando la peor amenaza a la salud en los últimos 100 años y el presupuesto de egresos no se rectifica. Solo vemos recortes brutales que paralizarán ciertas áreas o la destrucción de fideicomisos de gran utilidad como el FONDEN. Permanecemos inmersos en lo que muchos han denominado “la tormenta perfecta” (inseguridad, pandemia y desplome económico) y el plan original del gobierno no sufre modificación alguna.

Recientemente Iberdrola anunció la cancelación de una inversión por 1,200 millones de dólares en Tuxpan que producirían 2 mil empleos fijos. Y parece que esta historia continuará de forma similar hasta el 2024. A toda acción corresponde una reacción de la misma magnitud, pero en sentido contrario. ¿De verdad es tan difícil entender esto?

¿De qué sirve que el Presidente se acompañe de una representación del empresariado mexicano a su reciente visita a los Estados Unidos (asumo que buscando dar respaldo a la confianza de atraer nuevas inversiones), si no hay ajuste alguno ante los grandes problemas que enfrentamos?

Ninguna empresa o gobierno debería ser unipersonal. Nadie debe tomar absolutamente todas las decisiones, para eso existe un consejo directivo o un gabinete cuya responsabilidad es analizar la información disponible, construir escenarios, determinar ventajas y desventajas, para finalmente tomar las determinaciones más acertadas. Sin embargo, estamos ante un gobierno sordo con un gabinete mudo o malicioso.

A Winston Churchill se le atribuye esta frase: “nunca permitas que una buena crisis se desperdicie”. López Obrador se ha declarado su admirador, pero la evidencia demuestra que no aprendió nada del célebre estadista británico.

Especialista en seguridad corporativa
@CarlosSeoaneN

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