Austeridad y pandemia

Carlos A. Rozo

La economía mexicana padeció en el segundo trimestre de 2020 la mayor contracción desde que inició su exposición a la globalización. El Producto Interno Bruto (PIB) retrocedió 17.3% cuando en el primer trimestre ya había retrocedido 1.2%. Esta tragedia ha sido causada por el enfoque de pasividad relativa de la política económica del gobierno federal para enfrentar la pandemia del coronavirus. Con este enfoque se ha truncado la actividad laboral de 22.6 millones de personas y se han eliminado más de 1.1 millones de empleos formales. El crédito al consumo ha desaparecido como factor determinante del impulso económico que se tenía hasta antes de la pandemia, particularmente grave es la situación desde abril cuando la variación anual real del saldo en cartera de crédito al consumo se convirtió en 1.9% negativa luego que venía en descenso desde septiembre de 2019. Adicionalmente se tuvo la caída en el volumen de comercio internacional que refleja el efecto de la pandemia a nivel global que en mayo descendió 14% y que en junio 18%.

La crisis económica requería de políticas activas para enfrentar la pandemia con programas de apoyo laboral como rentas básicas universales o coberturas de desempleo, invertir en infraestructura con rendimientos sociales y mayor flexibilidad al sector privado para desarrollar tecnologías que protegieran la salud y el bienestar de la población. Esta orientación requería de un cambio radical en el papel de la política económica contemporánea hacia una mayor intervención del estado sobre la economía y sobre los mercados financieros que borrara lo ocurrido en la década de 1970 cuando el keynesianismo fue suplantado por la austeridad monetarista friedmaniana. Por el contrario se optó por ahondar en la austeridad sin movilizar al Banco Central, como lo han hecho los gobiernos con enfoques activos, para que actuara como impulsor de mercados en un contexto de baja inflación que limita el impacto que puede tener la deuda gubernamental por el bajo costo de su servicio.

El problema básico del momento es la contracción en la demanda agregada por el deterioro en el balance de las empresas y de los hogares lo cual hace que unos y otros sean más precavidos a la hora de gastar pero como la demanda tardara años en recuperarse la inflación permanecerá bajo control. La pandemia ha apuntado a la desigualdad como un factor que genera vulnerabilidad en el sistema al dejar en la indefensión a los más pobres lo que requiere de políticas que incentiven la inversión, resuelvan el problema de baja recaudación fiscal, reduzcan el alto grado de informalidad de la economía y mejoren los sistemas de salud cuya debilidad hizo evidente la pandemia. Se perfila así un nuevo papel de la política pública, como viene ocurriendo en los países más exitosos en la lucha contra la pandemia, que no desaparecerá con el regreso a la normalidad.

También se han creado grandes riesgos. Si la inflación revive el edificio se desploma ya que los bancos centrales aumentaran la tasa de interés. Hoy la tarea de las políticas públicas debe ser el crear una estructura que administre el ciclo económico para que las crisis financieras sean controladas sin recurrir a politizar el manejo de la economía. Ello implica reformar el sistema financiero dando mayor capacidad de acción al banco central y facilitando a los consumidores explotar los beneficios del Fintec y de pagos digitales.

La estrategia de  austeridad propuesta para lograr la llamada 4T, reivindicada como la óptima racionalidad en el uso de los ingresos públicos a fin de lograr los objetivos de una transformación en el funcionamiento del país que privilegie el bienestar social, no ha logrado mover al país en esa dirección. A dos años de ejercer el poder el obradorismo ha demostrado que la austeridad no mejora el bienestar social, al no responder a las necesidades de crecimiento económico y, por el contrario, ha conducido a una involución económica que se agravó exponencialmente por la pandemia del coronavirus. Los programas de bienestar social no han propiciado desarrollo, ni crecimiento económico, ni empleo ni seguridad. Lo que resalta es la ineficiencia operativa del gasto público y los subejercicios  del gasto autorizado debido a que no se usa el presupuesto adecuada ni oportunamente. La política pública se afianza en programas sociales que sacrifican el crecimiento económico y la institucionalidad requerida para lograr el desarrollo como ocurre desde que se iniciaron dichos programas en el gobierno de Salinas de Gortari. Los resultados desde entonces demuestran que se transita en la demagogia política sin resolver la pobreza ni la lacerante distribución del ingreso. Se insiste en programas asistenciales a costa de cumplir las promesas de crear una infraestructura productiva compatible con un desarrollo tecnológico para la creación de empleo que el país necesita, que no es necesariamente la de plantar árboles. Se limita el desarrollo al recurrir a programas asistenciales con fines electorales, sin consideración de los costos a largo plazo.

Lo que lleva a considerar si la austeridad obradorista significa la práctica de un gobierno austero como aseveran los morenistas o una simple práctica de gasto austero.  La diferencia es fundamental sustentada en el razonamiento de que un gasto austero que se orienta a reducir el gasto público, incluyendo los renglones de gasto social, y lo convierte en ahorro público que no implica inversión pública que contribuya a avances en bienestar y en oportunidades de trabajo para los ciudadanos es una política neoliberal, como también lo es el aferramiento a depender del comercio exterior para un mayor crecimiento y un mejor estadio de desarrollo.

Así las cosas, la preocupación del momento tiene que ver con la rapidez para sobreponerse a la pandemia. Se plantean varias posibilidades dentro de las cuales la opción óptima pero menos probable es la de un comportamiento en V, lo que significa que una vez que se toque fondo la recuperación será acelerada. Otra alternativa de mayor factibilidad es la representada por una trayectoria en U en que una vez que se toque fondo el crecimiento se mantendrá estancado por un tiempo para posteriormente crecer aceleradamente. La opción más viable y factible es una recuperación que tendría la forma de un signo invertido de raíz cuadrada, lo que significa que una vez que se toque fondo habrá un rebote acelerado pero de corta duración para después estabilizarse y crecer muy lentamente durante un periodo de años que dependerá del grado de austeridad del enfoque, activo o pasivo, que se adopte.

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