Virginia Woolf (Adeline Virginia Stephen)

Carlos Mora Álvarez

Cada secreto del alma de un escritor, cada experiencia de su vida, cada atributo de su mente, se hallan ampliamente escritos en su obra… así lo creía Woolf, así lo pienso con cada palabra nueva y concatenada que descubro en las obras de aquellos que le han dado identidad a la cultura universal. El pasado 28 de marzo, recién iniciada la primavera de este año, se cumplieron 80 años de la decisión más importante de la vida de Virginia Woolf; decidió concluir con su existencia colmada de estudio, de escudriño, de abrazos, de golpeteos y gritos, de plenitud intelectual.

Según entiendo, ella concluyó que a sus 59 años la vida había sido suficiente para tolerarla un día más. Si bien sé que mi opinión tiene un poco de sesgo derivado de mi amor por la vida, no quiero aceptar, mucho menos pensar, que tanta capacidad selectiva y poder de análisis sumado a esa riqueza interna que tenía la escritora escapó de la ciencia. No quiero creer, insisto, que los visos espirituales propiciaron su muerte. En este sentido, puedo entender como ser humano que todos vivimos momentos de desasosiego y angustia, instantes de voces internas que nos aconsejan de forma metafísica qué debemos hacer. Por Dios, quién no ha sentido el absurdo de la vida que debemos olvidar con un nudo en la garganta.

La genialidad debe definirse, sí, lo creo, por esos rasgos que enaltecen cada vocación científica o artística. La genialidad y la autocrítica cuestionan y arremeten, tranquilizan y enaltecen, nos hacen dudar, ser, no ser, creer y sobre todo existir. Comparto con Woolf el peculiar amor por la vida, y aclaro de forma enfática, por comprender la vida a partir de la letra. Confieso que no he leído toda su obra y así me atrevo a decir que pocas personas han tenido la devoción que tuvo ella por el conocimiento y el amor hacia la naturaleza humana.

Quienes la antecedieron, su vasta familia y amistades compuesta de eruditos le permitieron estar en contacto con el pensamiento crítico de su época. Por otra parte, caso curioso para ese momento histórico, fue una mujer que entró de lleno en el discurso de género adelantada por un siglo a su tiempo. Reflexionó acerca de los sexos, inclusive estoy seguro que en otro momento ella misma habría definido el concepto de “género”.

Woolf desde mi pensar fue la precursora del discurso de género desde la literatura con su Orlando (1928), que desata el cuestionamiento del espíritu y la carne, de las pasiones y los sentires herederos de la época victoriana. “Por diversos que sean los sexos, se confunden. No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista”… palabras del Orlando.

Las novelas que dejaron una huella en mí fueron La señora Dalloway (1925) y Una habitación propia (1929). Para quien escribe este texto fueron obras que contienen gritos desgarradores que claman libertad y, a un siglo de su composición, son obras vigentes por su esencia y honestidad. Las novelas de Woolf nos dejan como lectores una tarea profunda que no debemos ignorar: DEFINIR NUESTRA PROPIA HUMANIDAD, labor de introspección que lo mismo te confrontará con esos demonios sedentarios que nos arrullan en silencio y que debemos alejar de nuestra psique.

Esa señora arrebatada que es Woolf escribe de forma tan íntima y cercana que nos pone a flor los sentimientos y nos cuestiona con crudeza el porqué de nuestra necesidad por vivir, sus reflexiones nos pueden llevar a una demencia incierta que tiene todo de delirio pero nada es sinsentido.

Virginia Woolf fue única en su escritura, sin pares sin contrapuntos. Así, cómo podemos medir su grandeza si Marguerite Yourcenar al ser de otro momento histórico no dialogó directamente con ella. Para medir a los ídolos es necesario contrastarlos. Nadie estuvo a su altura porque las voces de otras grandes mujeres eran casi inexistentes. ¿Si William Shakespeare tuvo a Miguel de Cervantes, si Mozart tuvo a Beethoven, si Camus tuvo a Sartre, quién se sentó a la mesa con Virginia?

Hoy y ahora, lo digo con respeto, me he tomado el tiempo y me he dado a la tarea de reflexionar en torno al tema de género. Ese interés surgió al reencontrarme con la obra de Rosario Castellanos, que me guió hacia la búsqueda del entendimiento de los estudios de feminismo. Labor profunda que asumo con cuidado. La herencia de Woolf y Castellanos, si mujeres y hombres abrimos bien los ojos, nos conmina a entender, aprender y comprender las disidencias entre géneros y las coincidencias. Ahí la luminosidad de sus enseñanzas: disidencias y coincidencias, porque eliminado la confrontación proponen la crítica pura desde el intelecto.

Cómo alguien pudo amar a Virginia Woolf, cómo en ese tiempo, en ese espacio, en esa circunstancia de vida de principios del siglo XX. Apenas hoy, creo, estamos preparados para amarla en verdad, queremos tocarla, sentirla y disfrutar de su levedad que cala en la mente. Woolf es, desde el olimpo de la inteligencia, una diosa para la eternidad. A través de su prosa, de sus letras, de sus cifrados mensajes, llenos de la más sagrada esencia del amor nos enseñó a sentirnos vivos. Entiendo que: en la profundidad de nuestro género anida el amor y la esencia que dibuja la sonrisa en nuestra vida, que se deja llevar en ocasiones por la tristeza pasajera. Para ti mi amor eterno, Virginia.
 

Hasta siempre, buen fin.
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