"Granada manola

Cantada en coplas preciosas

No tengo otra cosa que darte

Que un ramo de rosas

De rosas de suave fragancia

Que le dieran marco a la virgen morena".

- Don Agustín Lara -

Antes de entrar directamente al tema que se engalana en el epígrafe sobre el Parador de Granada, terminaremos en esta entrega de comentar sobre la incomparable Ibiza y su recién inaugurada instalación hotelera.

Abordaremos para concluir, algunas de las majestuosas bellezas que destacan en la isla, señaladas brevemente en la columna anterior, que nuevamente enlistamos enfatizando los tres más importantes para el que teclea, y que me mostró mi amada GEMY, que visitó la zona por primera vez hace poco menos de una década, en el año 2017 en compañía de nuestra adorable hermana Mariela (HI SIS):

- Teatro Pereyra

- Las Playas (Dique, Malecón, Marina)

- Los Centros (antros) Nocturnos

Un viejo más sabio que viejo (con las iniciales de Don Gastón Luken Aguilar) que está cerca de cumplir 93 inviernos, nos ilustró hace algún tiempo, que la mejor forma de disfrutar un destino, es recorriéndolo de forma anti climática, como sucedió en este viaje, donde no existió un solo anfitrión local que no enfatizara que la temporada alta de Ibiza es del 1ro de mayo al 1ro de octubre, cuando evidentemente todo se desborda, lo que inextricablemente tratamos de evitar.

Sin embargo, antes de ir a lo apuntado líneas arriba; queridas amigas, apreciados amigos, distinguidas lectoras e insignes lectores - en lo que abundaremos la próxima semana - esta colaboración la cerraremos con un imperdible artículo de Don Xescu Prats, que afortunadamente descubrimos curioseando en el diario local, que explica enfáticamente los sentimientos de los isleños y sus distintas tribulaciones, lean si son tan amables a continuación....

La que se avecina.

Si en Ibiza ya veníamos arrastrando graves problemas estructurales y sociales, con la sangrienta partida de Risk desplegada por el anciano egomaníaco del tupé colorado, - que cada día muestra síntomas más evidentes de demencia y senectud -, y su homólogo genocida de Jerusalén, esta temporada se intuye antológica en más de un sentido.

El polvorín detonado en Oriente Medio definitivamente se ha propagado por toda la región y no tiene visos de amainar a corto plazo, así que la legión de turistas de alto copete que solían frecuentar los suntuosos complejos vacacionales construidos por los jeques autócratas de aquellas latitudes van a tener que desplazar su periodo de asueto estival a destinos más occidentales, donde no suenen las sirenas ni sean precintados los espacios aéreos.

La coyuntura, es de cajón, va a traer a muchos más turistas del segmento del lujo a la isla y el fenómeno ya se está filtrando a las reservas. Como no teníamos bastantes hoteles de cinco estrellas - además de otros muchos que no poseen tal estatus burocrático pero se comercializan igual -, este año abren otros nuevos, antaño alojamiento de tipo familiar, y también tenemos operativo el Parador de Dalt Vila, que sólo tiene cuatro pero tarifa en modo beach club y no con los precios que cabría presuponerle a un establecimiento ubicado en un monumento que era de todos los ibicencos y que además forma parte de una cadena hotelera pública. Ya sólo les falta subastar habitaciones al mejor postor, como sucede con las hamacas de los garitos playeros de moda.

Me temo que esta población desproporcionada de turistas pudientes pululando por la isla - los alquileres de coches no van a dar abasto con tanta petición de Ferraris y furgonetas negras, y se incluye otro arreón de fiestas ilegales, máxime ahora que ya no hay detectives que las vigilen -, va a contrastar drásticamente con la angustiosa escasez de mano de obra que padece la hostelería.

El trabajador de temporada prefiere quedarse en la península por la escasez de vivienda y los únicos profesionales que acuden al toque ibicenco de corneta son aquellos cuyas empresas les proporcionan residencia o están dispuestos a pernoctar en cama caliente, caseta de perro o cualquier otra modalidad disparatada con la que se acabe innovando este verano. En la isla, con todo lo visto en temporadas anteriores, parece que estamos curados de espantos, pero la realidad siempre acaba superando la ficción.

En una isla completamente desnortada y con una distribución de la riqueza surrealista, exigimos por un lado que vengan más trabajadores y por otro los echamos de las infraviviendas donde tratan de resistir otra temporada. El juzgado ha ordenado para finales de abril el desalojo del campamento de Can Misses cuyos moradores, en buena parte, proceden de desalojos anteriores. Incluso se ha dado la paradoja de que, mientras una cadena hotelera reclama trabajadores, echa a los que ya tiene del terreno donde acampan, que también es de su propiedad. Y lo más triste es que los dos llevan razón: el trabajador a tener un techo bajo el que descansar y el propietario a que nadie le ocupe su parcela, llenándola de chabolas e infestándola de desperdicios. La isla siempre ha sido un territorio de contrastes y contradicciones, pero nunca tan terribles y tercermundistas. Ni siquiera en la Ibiza preturística, cuando la inmensa mayoría de ibicencos eran pobres o muy pobres, se vislumbraban tales desequilibrios y falta de dignidad.

Así que si Ibiza ya era la isla del lujo, este verano el alto standing se va a desmadrar, como sucede con toda parcela de negocio donde se produce un aumento disparado de la demanda. Y como resultado, los precios volverán a multiplicarse, arrastrando con ello a todo el sector turístico, incluidos los alojamientos más económicos y todos los demás servicios, como restaurantes, alquileres de coches y, por supuesto, la bolsa de la compra.

Eso en el corto plazo porque en el medio, nuevos fondos buitres atraídos por la bacanal ibicenca desembarcarán aquí y otra oleada de negocios locales desaparecerá, provocando que la isla siga desangrándose en personalidad y carácter. ¿Pero a quién le importa la singularidad por encima del beneficio cortoplacista? Así nos va y peor nos irá.

La presión de los empresarios turísticos, agobiados por la falta de mano de obra, aunque no lo suficiente como para ofrecer nóminas equiparables al coste real de la vida, comienza a hacerse notar. Hace una semana, el vicepresidente del Consell, Mariano Juan, ya lanzó como globo sonda la idea de construir "residencias para temporeros", que incluso podrían financiarse de manera público - privada. Lo que ya nos faltaba a los ibicencos: que el dinero de nuestros impuestos se vaya a la construcción de hogares para los fijos discontinuos, que en invierno se marchan a su pueblo, mientras los que residimos aquí, que tampoco encontramos piso, tenemos que abandonar nuestra tierra. Abróchense el cinturón que vienen curvas.

Hasta siempre, buen fin.

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