Carlos René Delgado Ballesteros

Carlos Mora Álvarez

Aquel año fue inolvidable por infinidad de razones. Una de las principales que viene a mi mente, fue cuando uno de los mejores periodistas del México contemporáneo me citó en su oficina para recitarme una lista de colegas que tenía que buscar en su nombre. Esto para convertirme en su amigo y aliado, ahora que tendría la oportunidad de trabajar en la Ciudad de México (sueño anhelado desde mi temprana juventud). El año, el 2000. Quien me convocó fue don José de Jesús Blancornelas, codirector del Semanario Zeta en Baja California. Recuerdo que don René Delgado Ballesteros encabezaba la lista, mi hoy admirado y querido amigo.

Lo primero que debo confesar es que no identifiqué su nombre entre el listado que incluía apellidos como Granados, Scherer, Dehesa, Rock, Zepeda y un etcétera lleno de grandes figuras del periodismo nacional. Sin embargo, no fue nada difícil, aun en los años previos a la navegación instantánea por internet, localizar el medio y el cargo del entonces director editorial del periódico Reforma. Curiosamente, al poco tiempo, me invitó a ser parte del Consejo Consultivo en la sección de negocios; de ese tamaño fue la interacción, la comunicación, la identificación.

Aquella colaboración fue un ejercicio inesperado, que me honró profundamente. Hoy más que ayer, a dos décadas, mi aprecio infinito por él se ha consolidado hasta la plena y franca admiración, basada en su intachable trayectoria y su imagen objetiva, incólume y, sobre todas las cosas, ejemplar; por su desempeño y personalidad gallarda, entera, pulcra en estos tiempos complejos llenos de tanta polarización.

Don René Delgado es así, de una naturalidad y sencillez que te desarman, de una visión y agudeza mental que de forma inmediata va al objetivo sin perder de vista el destino y el porqué de la entrevista, la charla, la enseñanza, que en él resulta permanente y aleccionadora.

Respetado por todos −no exagero en lo más mínimo−, colegas, políticos, empresarios, lectores y aun competidores, la calidad y capacidad de su pluma es nítida y transparente; pero sobre todo auténtica y puntual. No existe tema en el que no esté a la vanguardia, regularmente adelantado o actuando con la puntualidad del momento.

Desde el primer acercamiento, hace más de dos décadas, que nació en una breve charla en su oficina, hasta los siguientes años, en que creo haber alcanzado el nivel que me honra con su espléndida amistad (curioso dato de quienes consideran que los periodistas no los tienen, en mi caso, me sobran −lo escribo− con humildad y entrega que me enorgullece, esta respetada amistad, casi sagrada).

Don René, con los años, me ilustró, mostró y diseñó la doctrina de aquellos que buscan la verdad. Por sobre todas las cosas, y a lo largo de estos cuatro lustros, transitamos de la oficina al espacio personal, donde me autorizó presentarle personajes de valía real del sistema, del engranaje del estado mexicano que él y yo respetamos.

En estos tiempos celebramos, entre inmaculados y cuidados, comidas de entendimiento en las que prevalece mi devoción por su trabajo, donde me encanta decirle que "ya lo perdimos" porque se ha convertido en un rockstar que de forma recurrente sale en la televisión. Además de que la radio lo reclama y exige su presencia constante.

Sobreaviso, su magistral y mística columna, sigue siendo para el escribiente la mayor lectura obligada para iniciar el fin de semana. Durante años le expliqué, le dije y le demostré que los sábados era su casa natural, y trazo final de la semana donde descansamos los que nos creemos pensantes, presentes y analíticos, del sentir nacional. Después de leer a un par como Ramos y Volpi.

No, realmente no creo que jamás me acostumbre a leerlo en viernes, aunque su guía siga impoluta, pero lo extraño en su espacio original donde me enseñó don Jesús Blancornelas a leerlo, y donde hace falta para mantener el equilibrio, sin menoscabo de su destacada labor de la entrevista semanal en aún mantiene.

Supongo, como lector, que tarde o temprano me acostumbraré a aceptarlo como lo que es, el heredero de una generación que le trasmitió la antorcha orgullosamente que ilumina el camino que hoy alumbra el siglo XXI. El futuro del periodismo está sólidamente en las manos que enarbola el apostolado de don René Delgado Ballesteros. Las generaciones futuras entenderán y aprenderán que la libertad de palabra, de expresión y periodismo, que hoy ejercitan, costaron sangre y vidas.

Estoy plenamente convencido de que, las nuevas generaciones, mantendrán el máximo nivel de sus antecesores con objetividad y valentía, por Dios, por favor, no fallen, no nos fallen. Lo resalto de forma absolutamente respetuosa, como un simple lector, como un aspirante a otra posibilidad literaria, con el único propósito de leer la verdad en manos maravillosas y valientes, como las de mi apreciado y admirado amigo don René Delgado.

Hasta siempre, buen fin.

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