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La gran confusión: mayorías y minorías políticas 

Carlos Matute

En 2021 se renueva la Cámara de Diputados. Las campañas ya empezaron y el calendario no lo marcó el INE, sino el Presidente de la República desde el púlpito de las mañaneras y, seguramente, esa será la tónica de los próximos seis meses, lo que provocará que el eje de la elección sea una contienda entre los partidos en alianza con AMLO de la autollamada 4T contra sus adversarios, en alianza (PRI-PAN-PRD) o en solitario (MC).  

En el camino al arrancadero formal, la batalla real ya comenzó, los dueños de las cuadras seleccionan a los caballos y a los jinetes. Morena y sus aliados van al frente de las encuestas, pero los indecisos, quienes todavía no expresan sus preferencias o no las tienen son la mayoría. El presidente mueve sus piezas y designa, con el método de las encuestas, a sus predilectos con ayuda de la vocería de Mario Delgado. La alianza “Va por México” está en el proceso de repartirse las candidaturas con base en cuotas pactadas y cálculos de presencia electoral de cada uno de los partidos que la integran. 

En los próximos meses asistiremos a la rebatinga de candidaturas, enojos de los que no sean uncidos por las dirigencias, cambios de bandera, reacomodo de fuerzas, renuncias colectivas de militantes, cobro de facturas políticas, alineación de los grupos clientelares con los gobiernos, reafirmación de lealtades, acusaciones de traición e incumplimiento de acuerdos y otras jugarretas político-electorales en la búsqueda de la mayoría legislativa y de 15 gubernaturas. 

En este contexto, si el modelo fuera llevar a cabo elecciones equitativas con piso parejo, la intervención de los gobiernos debiera ser nula, tangencial, pero todos sabemos que no será así en razón a que el Presidente López Obrador pretende a toda costa ganar la Cámara de Diputados para obtener una ratificación popular de su gobierno y hará todo lo posible por influir en el resultado.  
¿Cuáles son las armas del gobierno federal?  

El uso de la referencia al pasado neoliberal como responsable de todos los fracasos del actual gobierno. 

La descalificación del adversario al grado de convertirlo en enemigo -la propaganda morenista alude a la exclusión de la vida pública de los opositores- y la confusión de un partido con el pueblo al estilo del autoritarismo del siglo pasado. 

La red de siervos de la nación construida desde las oficinas de la presidencia tejida por los superdelegados y enlazada con las trasferencias de los programas sociales direccionadas a los grupos clientelares que serán movilizados durante la campaña y, especialmente, el día de la elección. 
El ocultamiento de las cifras reales de la acción gubernamental con el ya clásico “yo tengo otros datos” y el uso de la pobreza como elemento de polarización permanente para crear un escenario electoral de confrontación en la que sólo haya una opción legítima, al más puro estilo de las democracias populares del extinto bloque soviético. 

La gran confusión de equiparar una mayoría electoral con la voluntad total del pueblo es el camino a la autocracia, en la que el disenso con el líder es una traición y se castiga con el ostracismo o la cárcel. En una democracia las minorías no deben gobernar, pero la mayoría debe ser tolerante a sus visiones e intereses e incluirlas en el ejercicio de gobierno. 

Las elecciones de julio se plantean como la defensa de la democracia representativa, pluripartidista y multipolar para evitar la consolidación del país de un solo hombre. Esta circunstancia es la que facilitó la unión de aquellos que son contrarios en un ambiente de equidad electoral, pero que ante la amenaza de volver al régimen de partido hegemónico se aliaron para evitar un retroceso de más de cincuenta años de lucha democrática. La triquiñuela de pedir a los partidos políticos que cedieran los tiempos en los medios de comunicación con la excusa de la pandemia es burda, pero efectista. 

Las desventajas de la oposición al gobierno de la autollamada 4T son evidentes. La oposición todavía está dirigida por tres burocracias partidistas cerradas que creen en la fuerza de su aparato, acapararán las primeras posiciones de las listas de candidatos de representación proporcional (las diputaciones seguras) e invitarán a los no militantes a que compitan en los distritos, con el único apoyo del membrete. 

En este contexto, conformar una nueva mayoría es poco probable y las minorías corren el riesgo de quedarse sin representación legítima frente a una mayoría pro-gobierno voraz que se ve a sí misma como el único proyecto legítimo de Nación. La oposición todavía no comprende que su misión es conservar los espacios de debate público propios de una democracia representativa y Morena entiende perfectamente que debe acabar con cualquier pensamiento abierto-crítico antes de que los errores de su gobierno emerjan a la superficie, que serán tantos que no debe existir la posibilidad de que haya un castigo en elecciones libres y equitativas. Vale. 
 

Socio director de Sideris, Consultoría Legal 
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