Cuando se secuestra a la sociedad con fantasías políticas

Carlos Matute

Un millón de personas en las calles manifestándose contra un gobierno son muchas. Esto es resultado de una movilización eficiente de grupos sociales con poder económico y capacidad política. No es espontánea. Las encuestas públicas miden el apoyo o repudio a estas expresiones. También son una muestra de un fenómeno de nuestros tiempos: las sociedades divididas profundamente en pocos frentes (2 a 4) y confrontadas con posturas irreconciliables.

Esto explica mucho de lo que hemos vivido los últimos años. ¿Ha fracasado la democracia representativa? 75 años después, los triunfadores de la Paz de Yalta, la democracia liberal y el comunismo -los Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido- son ahora los derrotados.

El comunismo stalinista falleció de agotamiento en 1989 con la caída del Muro de Berlín. El neoliberalismo -que dominó en los últimos cincuenta años el mundo occidental en las democracias representativas con sus diferentes expresiones o estrategias- se hundió en su superficialidad ideológica y pragmatismo exagerado. El populismo de derechas e izquierdas surge renovado de sus cenizas de la Segunda Guerra Mundial ayudado por el olvido de las atrocidades que cometió y el hundimiento que provocó en los pueblos, cuya defensa proclamaba.

La figura del líder mítico recupera un lugar en la historia. Esto sucede en todas las latitudes. La mediocridad de los defensores de la democracia electoral formal- timoratos y cortos de luces- son exhibidos por sus propias mezquindades y errores. La incapacidad del centrismo político de dar un rumbo cierto y atractivo a las mayorías abrió el espacio para el surgimiento de movimientos que proponen la fantasía política como ruta ideológica.

Unos encantan al electorado con el abandono del proyecto de Europa. Otros con el aislacionismo nacional y económica. La mayoría con la promesa de crear sistemas de protección social sin recursos, ni una economía sana que lo sustente. El denominador común es usar la dicotomía política amigo-enemigo, adocenada con las palabras adversario-aliados, para generar una mayoría estable y suficientemente poderosa para promover reformas aparentemente radicales.

El discurso de la discordia, el odio, la confrontación y la división son las principales tácticas de la lucha política. Esto conduce a la intolerancia, la exclusión y la condena al pluralismo, pero es eficaz políticamente. El mundo asume una tonalidad más beligerante y la sociedad libre y caótica se convierte en el elemento a vencer por el nuevo estatismo.

La democracia popular en ascenso, aquella que encumbró a Mussolini y a Hitler, regresa con gran fuerza para vencer a la decrépita democracia liberal, que es incapaz de reagruparse por sus propios pecados, por ejemplo, el caso de García Luna en México despoja de
cualquier fuerza moral al calderonismo, y los escándalos de corrupción son el principal argumento para derrotarla.

La sociedad queda secuestrada por los movimientos que no ofrecen un futuro asequible, pero que son hábiles para solicitar sacrificios por lo que no sucederá en los próximos diez años. Las promesas de eliminar la emigración a Estados Unidos o Europa o la de crear un sistema de protección social como los de Noruega o Suecia en México son falsas, pero creíbles en un momento de desesperanza o impotencia.

El gran defecto de los populismos es la miopía histórica política. Son incapaces a apreciar que el mundo ya cambió. La sociedad es "genéticamente" más plural, globalizada y compleja. Las figuras del trabajador o campesino que fueron emblemáticas en el siglo XX son totalmente ajenas al individuo conectado a las realidades virtuales y que goza de las ventajas de los gobiernos abiertos.

Los regímenes sostenidos en la ilusión de los paraísos terrenales, como el soviético, el castrista o el bolivariano, son auténticos fracasos y tragedias sociales en el largo plazo. Esperemos, que el 2020, sea un momento de cambio de tendencias en el mundo y que la sociedad se dé cuenta de su secuestro. Lo único cierto es que aquellos que gobernaron con superficialidad y corruptelas no son una opción política para el futuro. Lo que sigue hay que construirlo antes que los populismos destruyan las instituciones que con tanto esfuerzo y trabajo construimos en las cuatro últimas décadas. Vale.

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