Con un desplome del producto interno bruto del orden de 8.3%, la caída de la economía mexicana en el trágico año 2020 fue la mayor desde el colapso ocurrido en 1932. Aún así, a este gobierno (es un decir) le ha dado últimamente por vanagloriarse de la pésima conducción económica en 2020, la cual fue seguramente “diseñada” por el presidente de la República.

En febrero del año pasado, un mes antes del inicio del confinamiento por la pandemia, se tenían registrados ante el IMSS 20.6 millones de puestos de trabajo. Cinco meses después, en julio, se registraron tan solo 19.5 millones. La caída libre de la economía ocasionó en cinco meses la pérdida de, al menos, 1.1 millones de empleos formales. Pero ni así el gobierno consideró emplear las políticas fiscales sugeridas en cualquier libro de economía, medidas que además estaban siendo empleadas por el resto del mundo y eran inclusive recomendadas por los organismos internacionales.

Por ignorancia supina y mera necedad, el gobierno persistió con su narrativa infantil de que pronto habría un repunte como en forma de “V”. El propio presidente se atrevió a especular que eso sucedería en octubre, y luego, cuando no sucedió, que en marzo de este año. Como entonces tampoco se dio la dichosa “V”, ahora ya él mejor no especula. Y hace bien, este pasado mayo se contabilizaron apenas 20.1 millones de puestos de trabajo. Quedan por generarse alrededor de 500 mil empleos formales para regresar al nivel que se tuvo en febrero del año pasado, y otros 400 mil más para retomar la senda de crecimiento del empleo que se tenía antes.

Pocos mexicanos compraron eso de la “V”, simplemente porque el sentido común sugería que el confinamiento iba a arruinar a muchos. Lo cual sucedió: en lo más álgido de la crisis un millón de empresas en el sector formal y en el informal acabaron cerrando. Esto y la mencionada alza en el desempleo se hubieran parcialmente evitado si, por ejemplo, durante la crisis el gobierno hubiera subsidiado parte del costo laboral, en especial las cotizaciones de seguridad social, y hubiera protegido el capital de trabajo de las pequeñas empresas mediante la condonación de impuestos.

Mas no fue así. El pretexto que dio el gobierno para no tener esa política fiscal expansiva fue que el pago de intereses de la deuda pública se volvería incontrolable. Nada más alejado de la verdad. De hecho, al contrario del resto de los países en desarrollo, México contaba (y cuenta hasta este noviembre) con una línea de crédito flexible por parte del Fondo Monetario Internacional. Esta es del orden de 61 mil millones de dólares, ni más ni menos, y conlleva una tasa de interés ínfima.

Eso sí que quedaba “como anillo al dedo”, para recordar la desafortunada expresión presidencial sobre la pandemia. Respecto a esa línea de crédito escribimos aquí el año pasado lo siguiente: “¿No debería México pedir ahora al menos parte de ese crédito? Si por razones de propaganda barata no se hiciera, se estarían tirando los 159 millones de dólares de comisión que el FMI pase lo que pase cobrará”. Pero al escribir eso olvidamos, ingenuamente, que entre los cuatroteístas el sentido común es el menos común de los sentidos.

Profesor del Tecnológico de Monterrey.

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