El populismo y la ciencia

Carlos M. Urzúa

En el peculiar, muy peculiar, mundo subjetivo de los populistas, los seres humanos de mayor cuidado no son los políticos antagónicos. Son los científicos

Para un político populista, sea éste de derecha o de izquierda, la razón nunca será bienvenida. Un populista exitoso es por necesidad un megalómano superlativo, por lo que es incapaz de encontrar el justo medio. En cualquier disputa intelectual, sus razones son siempre mejores a las de los otros, por más fundamentadas que sean las de ellos y por más estultas que sean las suyas.

Además, los populistas siempre afirmarán que sus creencias son las correctas porque, al final del día, son también las del pueblo. “Por eso yo lo vuelvo a repetir, porque estoy obligado a repetirlo”, vociferó Hugo Chávez ante una multitud de venezolanos en enero de 2010, “[...] exijo lealtad absoluta a mi liderazgo, porque yo no soy yo [...], yo soy un pueblo, carajo; no soy un individuo, yo soy un pueblo, y el pueblo se respeta”.

Día tras día los serafines populistas luchan denodadamente contra las fuerzas del mal. Si son de derecha, protegen con una espada flamígera a sus seguidores, cuando son nativos y de la raza correcta. Si son de izquierda, velan por la población que vive en la precariedad, siempre y cuando pronuncien bien el nombre del justiciero. Pero sean de derecha o de izquierda, los populistas tienen un rasgo en común: su antiintelectualismo. Y es la ciencia, en particular, la que les causa el mayor escozor.

Jair Messias Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador y Donald John Trump son, pues su trabajo les ha costado, los populistas más reputados en todo el continente. Y no es solo a uno de ellos, ni a dos, sino a los tres a quienes la ciencia les saca ronchas. En la erupción de la pandemia del coronavirus, por ejemplo, reaccionaron exactamente de la misma manera. Fue inocultable la incredulidad y el evidente desprecio que mostraron en marzo, y aún entrado abril, ante el diagnóstico del virus y las recomendaciones sanitarias de los epidemiólogos más prestigiados del mundo.

Su rechazo al empleo del cubrebocas en público es el ejemplo más evidente de lo anterior. Como ha sido siempre advertido por muchos de sus compatriotas, el rechazo tajante al uso del cubrebocas, tan necesario para contrarrestar la pandemia, es simplemente un signo del incontenible narcisismo de que hacen gala. Ninguno de los tres está dispuesto a tapar su nariz y su boca en público, pues este gesto podría ser malinterpretado por sus electores como una evidencia de debilidad de carácter.

Ahora bien, atrás de ese comportamiento está otro factor que debería preocupar aún más. En el fondo, ninguno de esos tres populistas cree que los epidemiólogos, o cualesquiera de los otros científicos que se han manifestado respecto a la gravedad de la pandemia, estén en lo cierto. Sus egos narcisistas siguen acariciando la idea de que son ellos quienes siempre han tenido la razón y no los otros. Son como los bebés que sienten que el mundo gira alrededor de ellos y son incapaces de reconocer la otredad.

En el peculiar, muy peculiar, mundo subjetivo de los populistas, los seres humanos de mayor cuidado no son los políticos antagónicos. Por supuesto que no, ésos como sea. Son los científicos, pues éstos siempre rechazarán cualquier política que no esté mínimamente fundada por la razón.
 

Profesor del Tecnológico de Monterrey

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