Sus apariciones públicas eran un desfile de modas. Bolsas, ropa, zapatos, Chanel, Gucci, Yves Saint Laurent, Louis Vuitton, Dolce & Gabbana. Había lujos y se veía despilfarro. Rosario Robles estaba en la plenitud del poder. Manejaba el millonario presupuesto de la Cruzada Contra el Hambre. Había contratos por aquí y por allá que se compensaban con jugosos regalos. Y la Estafa Maestra, que comenzó a las dos o tres semanas de haber iniciado el sexenio, tenía ya varios años operando con la precisión de un reloj suizo, nutriendo bodegas de cash para las necesidades y aspiraciones del gobierno de Peña Nieto .

Para Rosario Robles, atrás habían quedado los tiempos de crisis económica. En la entrega del miércoles de estas Historias de Reportero le relaté que la pareja de Robles, el empresario Carlos Ahumada , logró corromper el círculo más íntimo de López Obrador . Los videograbó recibiendo dinero. Y eso no se lo perdonó el tabasqueño. Cuando él se encumbró, la arrojó al basurero político donde estuvo varios años hasta que, de la mano de Carlos Salinas de Gortari, se coló al gabinete en 2012.

En ese gobierno, los oficiales mayores de las Secretarías los ponía el todopoderoso secretario de Hacienda, Luis Videgaray. Pero a Rosario le dejaron colocar ahí a uno de sus incondicionales: Emilio Zebadúa . Él operaba con Hacienda y aterrizaba el flujo de dinero. El otro hombre clave, Ramón Sosamontes , jefe de oficina, se encargaba de alinear a los rectores de universidades que participaban en el esquema de la Estafa Maestra. Y las bodegas de cash que se cosechaban como frutos de esos desvíos, eran supervisadas por Luis Miranda, subsecretario de Gobernación primero, secretario de Desarrollo Social después, íntimo amigo del entonces presidente Peña.

La dupla Zebadúa-Sosamontes, aunque peleados entre ellos, operaban con eficacia para su jefa: no sólo cumplían con las tareas encomendadas para el gobierno, sino que se encargaban de que nada faltara a ella, a su familia, a sus cercanos. Y el que parte y comparte… a Zebadúa se le atribuye la compra de varios departamentos en Miami, aún se recuerda su mega-boda en Acapulco a la mitad del sexenio y se sabe que fueron sus declaraciones las que condujeron a su jefa a prisión.

Muchas fuentes me aseguran que si bien Rosario Robles vivió un sexenio de lujo —muy al estilo del peñismo—, no salió multimillonaria como otros, al grado que hoy no tiene para pagar a sus abogados. Lleva dos años en la cárcel en un proceso que, sin considerarla inocente, incluso personajes afines al gobierno opinan que es un abuso de poder de López Obrador, una venganza personal contra quien fue su compañera de partido y considera que lo traicionó. Tan personal, cuentan, que cuando se estaba amarrando el Pacto AMLO-Peña, López Obrador vetó la candidatura de Rosario al Senado por el PRI, pues la consideraba una afrenta. Desde ahí se vio que tenía planes para ella.

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