¿Qué quiere el presidente con el Ejército?

Carlos Loret de Mola

En caso de que el régimen obradorista decida avanzar en su ruta de ruptura del orden constitucional, ¿qué papel va a jugar el Ejército? Ojalá ninguno

En la escala de prioridades que exhibe en sus apariciones públicas, el presidente de México no está luchando contra la pobreza, la desigualdad, la injusticia ni la corrupción. Su guerra es contra los pilares de la democracia: un Congreso y un Poder Judicial fuertes y autónomos, una autoridad electoral independiente, organismos que vigilen al gobierno, intelectuales críticos, prensa libre. El objetivo es la incesante acumulación de poder. El poder omnímodo.

Queda, sin embargo, una variable: el Ejército.

Ante el embate contra la democracia y el orden constitucional en el que se ha enrachado el presidente López Obrador a últimas fechas, hay que hacerse la pregunta de nuevo: ¿qué quiere el presidente con el Ejército?

La institución del Ejército, con tradición apartidista, aparece como una variable fundamental en el ajedrez del poder. ¿Quiere el presidente, a punta de obras y dinero, modificar esa esencia apartidista de las Fuerzas Armadas mexicanas? Ese Ejército surgido de la postrevolución se ha mantenido fuera del juego electoral, de las agendas partidistas y de los vaivenes sexenales desde que el presidente Lázaro Cárdenas lo sacó de la grilla. Es muy claro que el presidente López Obrador está consintiendo a los militares con obras y presupuesto, y ya hemos oído discursos de la cúpula castrense apoyando “la transformación”.

En este contexto, en caso de que el régimen obradorista decida avanzar en su ruta de ruptura del orden constitucional, ¿qué papel va a jugar el Ejército?

Ojalá ninguno. Ojalá los mimos desde Palacio no cambien la históricamente consistente política de un Ejército que no se ha dejado llevar por tentaciones golpistas ni de quebranto con la Carta Magna.

Mucho de este frenesí presidencial para atacar a la democracia y a la Constitución, está atado a la elección del primer domingo de junio. Falta menos de un mes. Detrás de la narrativa épica en la que él es el héroe, esa narrativa del pleito eterno, la victimización constante y los distractores interminables, queda la realidad de un gobierno incapaz de presumir resultados tangibles, medibles, y ahora radiografiado en su ineficacia y falta de sensibilidad tras el derrumbe del Metro de la Ciudad de México.

Por eso López Obrador se instala en la politiquería, en la campaña electoral. Denuncia las trampas electorales de la oposición desde el poderoso púlpito de la mañanera, pero omite presentar en su pantalla las fotos y videos de los operadores de Morena comprando votos con programas sociales y vacunas. AMLO está metido de lleno a la campaña de junio y al hacerlo, ha tropezado con su propia historia: por decir en plena campaña de 2006 “que era tiempo de cambiar de jinete, pero no de caballo” al entonces presidente Fox lo llamó traidor a la democracia. ¿Cómo se llamaría a sí mismo con lo que dice a diario en la actual contienda?

SACIAMORBOS

Cuentan que el moche de moda se pide a favor del deporte favorito, a cambio de contratos en el tren favorito.
 

[email protected]

 

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios