Por fin, los mexicanos nos ponemos de acuerdo en algo

Carlos Loret de Mola

Quienes no simpatizan con AMLO no tienen interés en la consulta, tampoco los que quieren que siga hasta 2024. El único que insiste es el presidente

El cierre político del 2021 se inscribe perfectamente en la tónica del gobierno del presidente López Obrador: ninguno de los temas que interesan a todos los mexicanos está en el centro de la discusión, y un tema que sólo interesa a una persona acapara todos los reflectores.

Ni la violencia criminal imparable ni la alerta global por la cuarta ola de Covid ni la interrupción de la recuperación económica ni los escándalos de corrupción que salpican todo el derredor presidencial son temas en el escenario político.

Al presidente no le interesa que se discutan y hace todo lo posible para que no se hable de ellos. Lo logra.

En cambio, el tema es la “revocación de mandato”. El mundo al revés: los que están con el gobierno pelean por someter a consulta la revocación de mandato de su presidente, y los que se oponen al mandatario no quieren hacerla. Esa realidad pinta la farsa y exhibe el desperdicio: 

En este México incomprensible ni la oposición ni el oficialismo quieren acortar la gestión del mandatario, pero el centro de todas las discusiones es la consulta para hacerlo. Por fin, los mexicanos nos ponemos de acuerdo en algo, pero el presidente quiere someterlo a consulta.

La inmensa mayoría de quienes no simpatizan con AMLO no tienen ningún interés en movilizarse para participar en una consulta que no pidieron. No creen que al presidente deba revocársele el mandato. Los que quieren que López Obrador siga hasta 2024 como marca la Constitución, no tienen ningún interés en movilizarse para una consulta que va a desembocar en eso, en que siga hasta 2024, porque nadie está pidiendo revocarle el mandato. El único que insiste en hacerla es… el presidente.

¿Por qué? Porque el presidente la ve como un instrumento más para mantenerse en campaña —lo único que sabe hacer bien—, para identificar retóricamente a sus “enemigos” y para tener un viaje de ego cuando los números indiquen lo que sabemos de antemano: que nadie quiere que se vaya antes de tiempo; unos porque lo apoyan y otros porque le quieren exigir cuentas.

El Instituto Nacional Electoral se ve atrapado en la trampa retórica y política de un presidente que pinta como héroe nacional a Manuel Bartlett —el delincuente electoral histórico por excelencia— y considera traidores a la patria a los consejeros que organizaron elecciones libres y ciudadanas desde 1997, incluyendo la que lo llevó al poder.

Hay razones legales para que la autoridad electoral se defienda, pero también hay la consecuencia política de que se enfrasca en un choque con el gobierno y retroalimenta la versión oficial tramposa de que el INE es buque insignia de la oposición.

A nadie le importa la consulta y a nadie debería importarle, pero como el presidente López Obrador la quiere a como dé lugar, el país, como en los tiempos de mayor esplendor del presidencialismo autoritario priista, baila al son del deseo del líder máximo. Alcaldes, legisladores federales, legisladores locales y gobernadores de Morena, al más puro estilo del PRI setentero, se ponen a los pies de su máximo dirigente. Y como priistas de entonces, repudian a las instituciones democráticas.

“¡Viva Bartlett! ¡Muera el INE!”, son las consignas del movimiento que se autonombra inaugurador de la democracia en México. Menuda ironía. 

 

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