En su búsqueda desesperada de una candidatura diseñada para Claudia Sheinbaum, el canciller mexicano busca ahora convertirse en una suerte de Rey de TikTok. Marcelo Ebrard ha emprendido una estrategia en redes sociales que tiene el objetivo de ganar simpatía y popularidad de cara a la decisión final que tomará Andrés Manuel López Obrador sobre quién obtendrá la candidatura presidencial de Morena. Como clímax de esa desesperación por llamar la atención está la selfie en el funeral de la Reina Isabel.

Frivolidades de lado, las condiciones impuestas a Ebrard han sido obstáculo para sus aspiraciones: por ir al funeral de Isabel II no participó en el Congreso Nacional de Morena, debilitándolo dentro de la estructura del partido que, si bien hará lo que el presidente diga, tiene margen de maniobra para muchas cosas. Hoy ese margen está a las órdenes de su rival, la jefa de Gobierno.

Ebrard sigue teniendo en Morena una pieza clave: Mario Delgado, que mantendrá su posición como dirigente nacional hasta las elecciones de 2024. Esto permitirá al canciller contar con algunas cartas para negociar al interior del partido de cara al proceso electoral, pero no serán suficientes para amarrar la candidatura presidencial. Ya sin contar que el expediente de la Línea 12 puede usarse como pieza de amago.

Eso es pensando en Ebrard en Morena. Pero cada que se habla de Ebrard se habla de la posibilidad de que sea candidato presidencial de otro partido. Un primer escenario es que juegue de comparsa y se postule por el Verde, que ha albergado a una parte de su grupo político, para buscar restarle votos a la oposición. Un segundo escenario es que rompa con el presidente López Obrador, y busque competir por otros colores. Puede regresar a Movimiento Ciudadano o jugar por la alianza opositora si es que se arma (con o sin el PRI, con o sin MC). Tendrá que valorar sus fichas y si decide romper, encontrar el mejor momento para hacerlo.

Doble déjà vu para Marcelo. En la contienda presidencial de 2012, Ebrard era favorito y le cedió la candidatura a López Obrador, quien fue cómodamente vencido por Peña Nieto. En la carrera presidencial de 1994, el padrino político y mentor de Ebrard, Manuel Camacho Solís, enfrentó una disyuntiva similar: era considerado el mejor aspirante del PRI, pero no era el favorito del presidente. Colosio era el favorito de Salinas de Gortari, un presidente que —por cierto— había acaparado todo el poder y gozaba de una altísima popularidad. Entonces, Camacho pataleó, pero no rompió.

¿Qué habrá aprendido Ebrard de estas dos experiencias? Eso está por verse.

SACIAMORBOS

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