“Dar el pésame a las familias de nuestros compañeros que perdieron la vida… (se le quiebra la voz, carraspea) también vamos a… (se le vuelve a quebrar)… y un reconocimiento a nuestro personal militar que realizó una operación exitosa”. General Ricardo Trevilla, secretario de la Defensa Nacional. Febrero 23, 2026.

Sí le creo al secretario de la Defensa cuando se le hace un nudo en la garganta al hablar de sus elementos caídos en el operativo contra Nemesio Oseguera, El Mencho. No creo que sea una dramatización con fines de comunicación política. Creo que existe el honor entre los militares. Y sé que en el Ejército existe un dolor contenido porque durante seis años la instrucción de su comandante supremo fue no atacar a los narcos. Sólo disparar si les disparaban primero. Y así, obligados a cruzarse de brazos, atestiguaron la muerte de muchos compañeros uniformados y de miles de ciudadanos a los que juraron proteger. En el campo de batalla no los venció el enemigo: los vencieron las órdenes superiores. Los mandaron a la guerra con uniforme, con armamento… pero con las manos atadas. Me lo dijeron militares de todos los rangos el sexenio pasado: que se sentían humillados. Encima, los criminales subían a las redes sus tropelías, acentuando la humillación. Enfrentar al capo más poderoso y temido de México fue recuperar el papel del Ejército, que no es ser agencia de viajes y empresa constructora.

Imagino que a un soldado se le puede ordenar que deje de disparar; pero no se le puede ordenar que deje de sentir. Así que sí creo en el honor, en el dolor y en la emoción que le brotó al secretario de la Defensa en la mañanera de ayer. Creo en el honor de los soldados que sabían que en el operativo contra El Mencho iban a jugarse la vida. Porque desde hace años todos los análisis de inteligencia concluían que detener al Mencho iba a costar decenas de vidas. Cincuenta. Quizá cien. Los que sabían que iban a enfrentar a un ejército de criminales, con armas tan poderosas como las suyas. Los que se acordaron que en 2015 murieron compañeros cuando les tumbaron un helicóptero artillado con un misil de guerra. Y que aún así, se alistaron para la misión.

Criticar al gobierno e incluso al Ejército no debe impedir hacer un reconocimiento a quienes asumieron ese riesgo y cumplieron su palabra, al más alto costo posible. Que las manzanas podridas y las narrativas políticas no opaquen el enaltecimiento a quienes lo merecen.

Ha sido el mejor momento del Ejército en este gobierno. Ojalá ese ímpetu perdure.

Porque me viene a la mente el mejor momento de la Marina en este gobierno. Hace cinco meses, en el discurso del Desfile del 16 de septiembre en el Zócalo a unos días de haberse revelado la red de huachicol fiscal en la Secretaría de Marina de AMLO, el secretario actual, almirante Raymundo Morales, dijo con firmeza: “Pusimos ante la ley, ante la conciencia y el escrutinio de las y los mexicanos actos reprobables que no nos definen como Institución, sino que podían enquistarse. Fue muy duro aceptarlo, pero hubiera sido mucho más y absolutamente imperdonable callarlo. Fuimos nosotros mismos quienes dimos el golpe de timón”.

Ese ímpetu, desgraciadamente, no perduró.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios