Ha sido un marzo de oro para los aliados de la Presidenta. El PT y el Partido Verde ya se dieron cuenta de que sin ellos, Morena solito no puede. Para dos partidos políticos que llevan décadas afinando el oficio de aliarse con un partido más grande y obtener a cambio lo más que se pueda, saberse indispensables es oro molido. Desde este marzo de 2026, el Verde y el PT ya no valen lo mismo. Ahora saben que pueden pedir mucho más a cambio de sus votos: más dinero en el presupuesto, más posiciones de gobierno, más candidaturas, más escaños, más curules, más favores.
Esa es la principal derrota de la presidenta Sheinbaum. Su posición para negociar con sus aliados está en el momento más débil desde que se fundó la alianza Morena-PT-Verde. Antes, Morena los despreciaba. Les daba trato de rémoras. Les hacía sentir que sin el arrastre electoral del morenato, el Verde y el PT perderían su registro. El privilegio de ser mi aliado a cambio de la sumisión. Porque sin Morena, ellos no serían nada.
Ese escenario ya cambió. La Presidenta, en su necedad y su carencia absoluta de operación política, decidió mandar al matadero dos reformas constitucionales. Sabía que no tenía los votos y aun así, se le hizo buena idea ser dos veces derrotada en dos semanas. Se mandó ella misma al matadero. Puso en bandeja de plata que sus aliados probaran su poder, su valor y su alcance:
¿Qué va a suceder en el Congreso cuando la Presidenta envíe su próxima reforma, ahora que el PT y el Verde saben que sin ellos, no pasa? ¿Qué van a pedir a cambio de sus votos? ¿Qué va a suceder cuando venga el reparto de candidaturas para el 2027 dentro de la alianza oficialista? ¿Cuántas posiciones van a pedir los aliados, cuántas gubernaturas, alcaldías, diputaciones federales y locales?
La peor derrota para la Presidenta es que sus aliados ya le perdieron el miedo. El Partido Verde se lo perdió el 11 de marzo cuando su posición contra la reforma electoral de la presidenta Sheinbaum terminó por descarrilarla. El PT se lo terminó de perder ayer, cuando su rechazo a adelantar la revocación de mandato de la Presidenta terminó por descarrilar el corazón del Plan B. Y los dos se quedaron con el claro sabor de que Morena no quiere compartir su pastel: quiere ser partido único.
¿Qué tanto puede crecer esta primera ruptura? Eso está por verse. El primer escalón fue la votación en el Congreso. No son votaciones menores: si no me equivoco, que desde que Vicente Fox envió su iniciativa de reforma electoral (él no tenía mayoría en el Congreso), un presidente en funciones no había perdido una votación de una reforma. El segundo escalón son las votaciones futuras que demanden mayoría calificada. El tercer escalón es la elección del 2027: ¿querrán los aliados del régimen ensayar cómo les iría solos o con alguien más que no sea Morena? Y eso a su vez, podría ser el cuarto escalón: un ensayo para el 2030. Habrá que ir viendo. Faltan un montón de cosas, de reacciones y de años.

