Desde hace varias semanas, exfuncionarios del gobierno de Enrique Peña Nieto han tenido comunicación para definir si deben activa y públicamente defenderse frente al embate del presidente López Obrador contra todo aquel que haya trabajado en el gobierno el sexenio pasado.

El diagnóstico es el mismo: los peñistas coinciden en que le están dejando toda la cancha libre al presidente con sus conferencias mañaneras, a lo que se filtre estratégicamente desde la Fiscalía General de la República y a lo que vayan declarando los cada vez más numerosos testigos protegidos. A esto se suman las investigaciones que se realizan en dependencias públicas y medios periodísticos sobre la administración pasada, los documentos que se publican, las implicaciones que un día sí y otro también saltan a la luz y los dejan mal parados.

Frente a todo ello, Peña Nieto y su equipo no han ni siquiera tratado de esbozar una defensa. Es una paliza épica frente a la que hasta ahora han decidido callar. Todos tienen miedo. Pero hay distintas maneras de procesarlo y enfrentarlo.

Ahora, divididos como siempre lo han estado, los distintos grupos del peñato debaten qué hacer. ¿Hubo una gota que derramó el vaso? Ya se venía llenando: primero, las declaraciones de Lozoya; y ahora, las declaraciones de Zebadúa, las que vienen de Rosario Robles y las que podría estar gestionando ya Juan Collado.

A lo largo de los dos años de gobierno de López Obrador, unos han preferido acercarse discretamente a Palacio Nacional para sacar la bandera de la paz, para pedir clemencia y tratar de negociar. Otros han buscado desaparecer por completo de la cosa pública y mandar el mensaje al presidente de que no son rivales, apostando a que eso les garantizará tregua presidencial. Unos más han querido apoyar al nuevo gobierno en las dificultades que va enfrentando, tratando de ayudarles en el cabildeo e implementación de sus políticas, buscando congraciarse desde lo oscurito. Y algunos más juguetean con la idea de contraatacar e intentar meter aunque sea el gol “de la honra”, como se dice en el futbol cuando un equipo está apabullando al otro y lo tiene con un cero en el marcador. Hasta ahora, lo más que se ha visto es un desmentido, no una embestida pública para defenderse y contraatacar.

Hay algo en común en todos estos grupos del peñato: a todos les ha tocado —en mayor o menor medida— que el presidente y su gobierno los aplasten. Los que han buscado acercamiento, los que quieren ser invisibles, los que tratan de ser útiles y los que quieren contraatacar, a todos les ha ido mal. Todos han desfilado en las mañaneras donde son objeto del escarnio público, a algunos se les amenaza con investigaciones, a otros sí se les investiga, unos salen en declaraciones de testigos protegidos, sobre otros se deja colgando la sospecha pública. Y mientras todo esto pasa, con el honor maltrecho, no meten ni las manos. Hoy evalúan si eso debe cambiar, según me revelan distintas fuentes con acceso a esta información en la que baso la presente columna. Quién sabe a qué conclusión lleguen. Porque del lado del gobierno, está claro que hay parque para rato.

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