Cooperación educativa y movilidad humana

Carlos Heredia Zubieta

La foto parece tomada hace 150 años, en tiempos en que los blancos del sur profundo estadounidense acorralaban a los negros con un látigo.

La foto parece tomada hace 150 años, en tiempos en que los blancos del sur profundo estadounidense acorralaban a los negros con un látigo.

Sin embargo, es de septiembre de 2021: agentes a caballo de la Patrulla Fronteriza en la frontera entre Del Río, Texas, y Ciudad Acuña, Coahuila, contienen a jóvenes negros de origen haitiano que tratan de escapar de condiciones infrahumanas y cruzar el río Bravo para llegar a territorio estadounidense.

La vicepresidenta Kamala Harris se dijo horrorizada y exclamó: los seres humanos nunca deberían ser tratados así.

Hoy la población joven en el mundo es la más alta que ha existido en la historia. Sin embargo, de los 1,800 millones de jóvenes, 600 millones de ellos se encuentran viviendo en entornos afectados por conflictos.

La juventud que vive en lugares de conflictos es sumamente vulnerable, pues corre el riesgo de ser reclutada. Esto le ha ocurrido a Pancho y a María con maras y pandillas en San Pedro Sula, Honduras, y también a Noor y a Alí con las organizaciones yihadistas en Deir Ezzor, Siria.

De hecho, los gobiernos de México y EU tienen en Comexus, la Comisión México Estados Unidos para el Intercambio Educativo y Cultural, un ejemplo enormemente exitoso de cooperación educativa para posgrado. La movilidad estudiantil entre nuestros países es uno de los mejores tipos de diplomacia.

Sin embargo, en nuestra región la acción internacional de los gobiernos se queda muy corta respecto a los desafíos compartidos. Hoy quiero abordar distintos tipos de respuestas desde los organismos de la sociedad civil, con y para los jóvenes, en el ámbito de la cooperación educativa a través de las fronteras.

Los que menciono en este texto tienen lugar entre otros países y en un contexto de elevado riesgo.

Los niveles insoportables de violencia en su país y la imposibilidad de ganarse dignamente la vida van a propiciar que los jóvenes sigan huyendo de su tierra para llegar a algún lugar habitable.

En el corredor migratorio Mesoamérica-Norteamérica, en la medida en que los factores de expulsión o de atracción son transfronterizos o regionales, las respuestas no pueden darse sólo en el ámbito local.

Algunos mexicanos hemos ensayado otras vías:

1. La Iniciativa Regional de Cooperación Educativa Pro-Jóvenes Centroamericanos en situación de riesgo, por la cual estudiantes guatemaltecos, salvadoreños y hondureños cursaron su bachillerato técnico en planteles del Conalep en Puebla, de 2018 a 2021. Esta alianza está integrada por Fe y Alegría Centroamérica, Puente Ciudadano, A.C. y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

2. El proyecto Habesha es una organización humanitaria, neutral, laica y sin fines de lucro de la sociedad civil mexicana, que crea oportunidades de educación superior para jóvenes refugiados y desplazados del mundo, desde Siria y el Medio Oriente hasta la frontera EU-México.

En alianza con iglesias, organismos de Naciones Unidas como el Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR) y el Fondo para la Infancia (Unicef), fundaciones privadas, y sobre todo, millares de voluntarios, enfrentan el desafío de la educación en situación de emergencia.

Es una tarea complicada, cuesta arriba, pero vale mucho la pena. Pocas cosas me han dado más satisfacción en la vida que apoyar a un joven que se abre paso en la vida.

 

Profesor asociado en el CIDE.
@Carlos_Tampico

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