A María Inés, educada abogada y educadora

Los primeros jesuitas fueron enviados por San Francisco de Borja, tercer general de la Compañía de Jesús; llegaron a San Juan de Ulúa el 9 de septiembre de 1572 y a la Ciudad de México, 19 días más tarde. Ello ocurrió 32 años después de la fundación de la Orden (1540) y 51 años tras la conquista de Tenochtitlan (1521), luego del arribo de los franciscanos (1523), dominicos (1526) y agustinos (1533) a territorio novohispano, “retraso inexplicable hasta cierto punto ya que, según una carta de Ignacio a los padres Estrada y Torres, fechada el 12 de enero de 1549, debían enviarse jesuitas a México, "haciendo que sean pedidos o sin serlo"” (cfr. Elsa Cecilia Frost y María de Lourdes Ibarra Herrerías, La crónica general jesuita en Nueva España, p.1184). Precedieron a su arribo diversas peticiones: del obispo de Chiapa, don Juan de Arteaga; del primer obispo de Michoacán, don Vasco de Quiroga; de fray Juan de San Francisco, mediante carta a Felipe II; e, incluso, del acaudalado don Alonso de Villaseca. Es así que, cuando Felipe II escribió al provincial jesuita de Castilla, “asentó que debía nombrar una docena de religiosos para Nueva España, lugar en el que se ocuparían "en la instrucción y doctrina de los naturales", en tanto que el cabildo de la Ciudad de México los requería por conocer la fama de sus colegios y en la ciudad urgían "maestros de leer y escribir, de latinidad y demás ciencias"” (Ibidem, p. 1186). De ahí que, finalmente, Francisco de Borja ordenara que se formara la primera misión, encabezada por el superior provincial don Pedro López, misma que se compuso de ocho sacerdotes (de alto nivel intelectual, cual era siempre el caso), tres estudiantes y cuatro coadjutores, procedentes de las provincias de Toledo, Castilla, Aragón y Andalucía.

Desde su arribo, los jesuitas se dedicaron a abrir colegios y universidades en diversas poblaciones fundadas por los españoles, así como misiones para evangelizar a los naturales en las zonas más remotas dotándolas de una escuela en donde enseñaban religión, alfabetizaban, y capacitaban en técnicas de agricultura y otros oficios.

Entre los colegios fundados a partir de 1586, destacan: San Gregorio, San Pedro y San Pablo, San Ildefonso, San Bernardo y San Miguel, en la capital de la Nueva España; San Martín, en Tepotzotlán; San Nicolás, primero en Pátzcuaro y, después, en Valladolid (hoy, Morelia); el de Oaxaca y el de Puebla. Desde ese año y hasta la expulsión de la Orden en 1767, los padres jesuitas “desplegaron una ingente labor educadora y misionera, que se desarrolló a través de 22 colegios, 7 escuelas de primeras letras, 20 de humanidades, 12 de artes y 10 de teología, y por lo que la Nueva España se extendió cerca de ¡un millón de kilómetros cuadrados! hacia el gran Norte” (cfr. José Morales Orozco, S.J., Los jesuitas formadores de ciudadanos. La educación dentro y fuera de sus colegios (siglos XVI-XXI)., p. 9).

N.B. Los fundadores del Derecho Internacional Público: Francisco de Vitoria, O.P., Francisco Suárez, S.J., Alberico Gentili y Hugo Grocio estarían conmocionados ante el desdén de aquél y de los organismos multilaterales. Vivimos tiempos oscuros, que sólo la vivencia del Derecho —como intituló uno de sus libros mi maestro don Miguel Villoro, S.J.— puede iluminar.

Maestro en Ciencias Jurídicas

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