Primero, fue la guerra de Independencia de los Estados Unidos de América (1775-1783). A continuación, la Revolución Francesa (1789-1799); y, poco después, las revoluciones de independencia latinoamericanas acaecidas a lo largo del siglo XIX (la mexicana: 1810-1821). En el caso de la segunda, las propuestas sociales que llevaron a la formación de Francia como nación, a la democracia y a la emergencia de la ciudadanía se confeccionaron gracias a pensadores de la talla de François-Marie Arouet (mejor conocido como Voltaire), Denis Diderot o Maximilien de Robespierre, todos ellos egresados del entonces colegio jesuita Louis-le-Grand.
Paradójicamente, como señala el Dr. Ernesto Meneses, S.J., “la Revolución Francesa y sus repercusiones en otros países habían arruinado las instituciones educativas católicas y, por otra parte, las repetidas persecuciones y expulsiones de la orden (jesuita), apenas restaurada en los distintos países, impidieron, o restaron al menos, el progreso de las ciencias pedagógicas” (cfr. El Código Educativo de la Compañía de Jesús, Ernesto Meneses, S.J., IBERO, 1988, p. 50).
En lo que concierne a las varias expulsiones de la Compañía de Jesús, con su consecuente impacto negativo en el florecimiento educativo acaecido en ese tiempo en distintas naciones y continentes, podemos destacar las siguientes: Portugal (1759); Francia (1762); España, Nápoles y Parma (1767), aparejadas a la supresión de la Orden por el Papa Clemente XIV en 1773, hecha excepción de Prusia y Rusia, donde Federico el Grande y Catalina II impidieron, respectivamente, la publicación del Breve Pontificio de abolición de la Compañía de Jesús.
Su expulsión de la Nueva España, y demás colonias y dominios de Ultramar de la Corona Española —6 mil jesuitas, aproximadamente, de los cuales cerca de 700 correspondían a aquella Provincia— corrió en paralelo a la de España por virtud del Pragmática Sanción de 2 de abril de 1767, firmada por Carlos III, respecto de la cual vale resaltar, con Francisco A. Ortega, el papel de los jesuitas en los movimientos independentistas que en el Continente Americano se suscitaron algunas décadas después: “el agravio que (aquélla) causó en América……; el efecto modernizador de la Compañía en la cultura colonial tardía; el papel que jugaron los expulsos en la generación de un acendrado americanismo en sus obras y de un clima internacional adverso a la monarquía española; y la pertinencia que adquirieron ciertas formulaciones políticas —en torno al pacto social o a la reversión de la soberanía, por ejemplo— que resultaron importantes para el ideario político de los insurgentes” (cfr. “Jesuitas, ciudadanía e independencia en la Nueva Granada”, en Los Jesuitas, formadores de ciudadanos. La educación dentro y fuera de sus colegios, siglos XVI-XXI, IBERO, 2010, p. 71). Tal fue el caso de un grupo de jesuitas exiliados criollos, entre los que se encuentran: Francisco Xavier Clavijero, Rafael Landívar, Diego José Abada, Juan de Velasco y Juan Ignacio de Molina, como pioneros del nacionalismo moderno americano, transición del régimen colonial al republicano.
El retorno de la Compañía de Jesús a la Nueva España se produjo medio siglo después, en 1816, en la persona de tres ancianos, una vez restaurada en todo el mundo por el Papa Pío VII, un par de años antes, para que “se ocupara de la instrucción moral e intelectual de la juventud”.
Maestro en Ciencias Jurídicas, U. Panamericana

