Tras las expulsiones de orden nacional vista la aversión a la Compañía por parte de los monarcas Luis XV (Francia) y Carlos III (España), y dado el fallecimiento del papa Clemente XIII en febrero de 1769, aquéllos buscaron denodadamente influir en el cónclave a través de un grupo de cardenales llamado “de las coronas”, opuesto al de los ‘zelanti’ (término latino aplicado, en su origen, a quienes muestran celo apostólico y que, en el caso que nos ocupa, eran partidarios de los jesuitas). Así, en las sesiones del Sacro Colegio de ese mismo año y del que “surgió el ejecutor de las altas obras de los Borbones contra los jesuitas, (y) que son las menos secretas de la historia del papado”, se tomaron “acuerdos que condujeron a la eliminación preliminar de cuatro cardenales considerados como jesuitófilos, luego a la retirada del apoyo dado hasta entonces a la Compañía por la Corte de Viena tras una visita del futuro José II al Vaticano, que fue de una importancia capital, y más tarde al alejamiento de los cardenales Albani y Fantuzzi, aparentemente los más capaces, porque habían tenido la imprudencia de murmurar que votarían “según su conciencia” (cfr. Jesuitas, I. Los Conquistadores, Jean Lacoture, Paidós, p. 633).

Por la presión e influencia de los monárquicos, fue elegido un franciscano originario de Rimini, de nombre Vincenzo Antonio Ganganelli, con el nombre de Clemente XIV, no sin que aquéllos se hubiesen asegurado antes que “un candidato sólo puede ser elegido si se compromete ante las potencias a suprimir a la Sociedad de Jesús” (Ibidem, p. 634), para lo cual el cardenal Solís pretendió asegurar la victoria del grupo de “las coronas” a través de una supuesta nota en la que el monje en cuestión, aún cardenal, se comprometía para el efecto mencionado —convirtiéndolo, así, en rehén de la corte española— pese a que se le tenía como “un jesuita revestido de hábito franciscano” o “un jesuita disfrazado”.

El flamante Papa intentó tomar algunas medidas menos radicales a efecto de no abolir la Compañía, pero esto no satisfizo al rey de España, quien continuó ejerciendo una presión permanente a través de su embajador José Moñino y Redondo, a quien el propio Carlos III le otorgó al título de conde de Floridablanca, en reconocimiento a su labor para lograr la extinción de la Compañía de Jesús (salvo en Prusia y Rusia), lo que ocurrió mediante el Breve ‘Dominus ac Redemptor’, del 21 de julio de 1773, emitido por el Papa Clemente XIV (en apariencia, al acudir a un breve de menor solemnidad que a una bula, el Pontífice intentó minimizar su acto y restarle valor doctrinal). “Uno de sus sucesores, Gregorio XVI, contó que Ganganelli firmó el breve en la penumbra, a lápiz, apoyándose en un ventanal del Quirinal (palacio que fuera residencia del Papa hasta 1870) y que, habiéndolo hecho, cayó desmayado sobre las losas de mármol” (Ibidem, p. 639), en abismal contraste con la bula que diez años antes emitiera su predecesor, Clemente XIII proclamando “el olor de santidad” de la Compañía de Jesús. Es así que “cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”, como le contesta el rey Alfonso VI a Rodrigo Díaz de Vivar en “El Cantar del Mío Cid” (frase atribuida, por cierto, a Don Quijote, pero que no aparece en la novela cervantina).

Maestro en Ciencias Jurídicas, U. Panamericana

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