Como bien afirma el Dr. José Morales Orozco, S.J. (Provincial en México, al inicio de los 90, y Rector de la Ibero entre 2004 y 2010), más allá de la labor educativa stricto sensu que, desde sus inicios, ocupó a la Compañía de Jesús, ésta “fue una institución decisiva en la formación de México. Una característica fundamental de su trabajo durante dos siglos de presencia en el virreinato de la Nueva España, fue la trabazón interna que logró establecer entre sus obras. De manera que había una circulación intensa y fluida de noticias, personas, conocimientos y experiencias entre los distintos colegios, haciendas y puestos de misión, la cual propició un formidable sistema de comunicación” (cfr. Los Jesuitas, formadores de ciudadanos. La educación dentro y fuera de sus colegios, siglos XVI-XXI, IBERO, 2010, p. 9): Este sistema, entre otras manifestaciones, se reflejó en el inventario que de las gramáticas y vocabularios elaborados por los jesuitas hizo Don Miguel León Portilla: en otomí, ópata, tarahumara, cahita, cochimí, pericú, náhuatl, purépecha, entre otros. No es gratuito que el R.P. Gabriel Méndez Plancarte, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, llamara a los jesuitas de este tiempo como “arquitectos de la Nación”.
De esta suerte, la Orden fue creando dos tipos de retóricas para construir al sujeto colonial con base en el andamiaje pedagógico antes descrito: las denominadas “vidas ejemplares”, que, a manera de género hagiográfico propio de los siglos XVI y XVII, narraban las biografías de las personas que la sociedad consideraba como modelos a imitar; y las “instrucciones”, que consistían en textos morales y ascéticos que delineaban un conjunto de normas para conseguir la virtud, según ésta había sido definida por Platón y Aristóteles, pasando por Cicerón y los estoicos, hasta llegar a San Agustín, San Gregorio Magno y Santo Tomás de Aquino; en tanto que, a partir del siglo XVIII y a la luz de un proceso de mayor secularización, aquéllas echaron mano de clásicos grecorromanos como Terencio, Virgilio, Juvenal, Horacio, Lucano, Marcial, Plauto y Séneca.
De vuelta a los colegios jesuitas, la historiadora francesa Luce Giard señala que cumplían distintos fines esenciales: instruir en las artes y las ciencias; consolidar la imagen pública de la Compañía de Jesús frente a la sociedad (de ahí que Juan Alfonso de Polanco, S.J., secretario particular de San Ignacio, recomendara en 1551 ubicar a los colegios en las ciudades, a fin de lograr un efecto social multiplicador de signo positivo en las familias y la población); y, enseñar la doctrina y práctica de la fe cristiana (citada por Leonor Correa Etchegaray, en “La formación religiosa en el Colegio de San Ildefonso”, Ibidem, p. 166). En este sentido, el historiador Gerard Decorme, S.J. teniendo en mente, en particular, al Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México, describe a estas instituciones como “de invernadero”, “‘pequeños noviciados’, donde los jóvenes vivían felices y ‘se formaban admirablemente, no sólo en las Letras, sino también en todas las virtudes cívicas y religiosas’” (Gerard Decorme, S.J., La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial, 1572-1767,Ibidem, p. 174 y 175).
N.B. Confieso que no soy fan de Bad Bunny, pero su espectáculo en el Súper Bowl LX nos hizo un llamado, a través de la música en español, a un auténtico panamericanismo, libre de prejuicios.
Maestro en Ciencias Jurídicas, Universidad Panamericana

