El “Siglo de las Luces”, con sus luces y sus sombras, sus razones y sinrazones, fue testigo, en el primero de los casos -las luces, las razones- de la contribución de los jesuitas a las ciencias (cfr. “El Código Educativo de la Compañía de Jesús”, Ernesto Meneses, S.J., IBERO, 1988).

La Orden contó entre sus filas con doce matemáticos y maestros de primer orden, desde su fundación hasta su supresión, en 1773: Christoph Clavius, profesor alemán durante 45 años en el Colegio Romano, usó en el Astrolabium el punto para separar los enteros de los decimales, empleó en su Algebra el paréntesis por primera vez para señalar la agregación, resumió todos los conocimientos sobre trigonometría e hizo una importante contribución a la reforma del calendario (1581) llamado gregoriano desde entonces en memoria de su promotor el papa Gregorio XIII; Paul Guldin, cuya obra Centrobaryca aborda el tema de los centros de gravedad de planos y sólidos; Jan Ciermans fue el primero en sugerir una calculadora automática; Francesco Grimaldi formuló los cálculos de la teoría ondulatoria de la luz, que suscitó el interés de Isaac Newton por la Física; Gregoire de Saint-Vincent fue el primero en emplear las series geométricas para resolver las paradojas de Zenón y en introducir el signo “=” para indicar igualdad, y cuyo discípulo Alphonse de Sarasa colaboró con él para encontrar el área bajo la hipérbola (y=1/x); Jacques de Billy exploró la teoría de los números; Athanasius Kircher, llamado “doctor de las cien artes”, construyó la primera máquina calculadora e inventó el “Pantometrum” para resolver problemas de geometría práctica; Girolamo Saccheri, cuyos trabajos llevaron a las geometrías no-euclidianas y al estudio del fundamento de las Matemáticas; Tommaso Ceva analizó en su obra Opuscula mathematica el cicloide y otras curvas, en tanto su compatriota Vicenzo Riccatti desarrolló las funciones hiperbólicas, así como las ecuaciones diferenciales y las series infinitas; y, no menos sobresaliente, fue el croata Roger Joseph Boscovich, quien presentó la primera obra para ajustar las mediciones aplicando la probabilidad a la teoría de los errores y, en tal sentido, se adelantó al marqués de Laplace, habiendo sido nombrado “fellow” de la “Royal Society” de Londres.

Lúcidos observadores de las estrellas, los jesuitas cultivaron, también, la Astronomía. El profesor alemán Christoph Scheiner descubrió las manchas solares en 1611 y construyó el primer telescopio con dos lentes convexas. El citado matemático italiano Francesco Grimaldi propuso la nomenclatura de los accidentes físicos de la luna y cultivó el estudio de la composición de la luz blanca, en tanto que su compatriota Giovannni B. Riccioli demostró la falsedad del sistema copernicano y de las doctrinas de Kepler, y realizó observaciones sobre los satélites de Saturno. En China, Mateo Ricci fue admitido en la corte imperial por sus conocimientos en esta ciencia y en Matemáticas, habiendo traducido al mandarín los “Elementos de Geometría” de Euclides, en tanto Johann Adam Schall von Bell fue su continuador, Johann Terrenz Schreck llevó allá una biblioteca científica de 7,000 volúmenes, y Ferdinand Verbiest fue director del Observatorio Imperial de Pekín. Para 1773, los jesuitas dirigían 30 de los 130 observatorios existentes en el mundo.

N.B. En la ecuación oferta-demanda de las drogas, sin duda se debe abatir la primera, entre otros niveles, en el binacional. Pero, ¿cuáles son las políticas públicas, en el orden nacional e internacional, para la prevención y remediación de la segunda, en particular por parte de nuestros exigentes vecinos al otro lado de la frontera norte?

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