Compro libros. Muchos. Muchos libros. Hace años, si recuerdo bien, que no paso una semana sin agregar -al menos- un ejemplar nuevo a mi biblioteca.

Dilucidar el origen es un despropósito, justificarlo también. Primero, porque los argumentos ya los han esgrimido otros, con elocuencia impoluta. Umberto Eco se enorgullecía de los miles de libros en su biblioteca que no había leído (y que jamás tendría tiempo de leer), porque sus libros representaban un proyecto de lectura, una medida de su ignorancia, una forma de mantener su motivación intacta, de recordarle su pequeñez en el mundo, un proyecto de vida. Zaid concuerda con Eco, pero su afirmación es demoledora: “la gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo, ni dejar de seguir comprando más”.

Las ideas de Eco y Zaid me han ayudado a no prestar atención a los garrulos que han osado atentar con sus comentarios contra mi biblioteca, pero para seguir comprando libros (y enorgullecerme de los que tengo) no necesito más justificación que la que tienen los zafios que adquieren -como si no hubiera un mañana- zapatos, bolsas, relojes, coches, botellas de vino, playeras o cualquier otra variante de la banalidad humana: porque les da la gana.

Como en cualquier ámbito, entre más clavados mejor conoce uno sus preferencias. Opto por los libros de pasta blanda (porque los de pasta dura parecen estar hechos para quedarse cerrados, no me invitan a abrirlos), de páginas amarillentas (aborrezco los libros impresos en papel blanco, de impresora), tamaño estándar (los libros grandes no puedes llevártelos, y uno siempre debe estar acompañado de un libro). Los que más me gustan son los que, además, huelen bien. (¡Qué deleite es pasear la nariz por entre las páginas a medida que avanza la lectura!). Con el tiempo le he agarrado cariño a los libros grandes, de artes visuales, aunque sigo sin soportar las dos columnas y me frustra ese papel brillante en el que no puedo hacer anotaciones agusto porque la tinta se corre.

Disfruto saber de qué autor es un libro por el color de la portada, quién publicó el tomo con apenas ver el tipo de letra y hacer mi lista mental de las mejores editoriales de acuerdo con el número de errores que -en promedio- corrijo en cada uno de sus libros. Descubrí muy pronto el placer de la relectura: volver a visitar las viejas glosas, reírse de ellas, sorprenderme con la conexión que hice hace años, pero hace poco descubrí también el placer de la relectura en un libro nuevo, a veces en otro idioma, a veces el mismo idioma pero otra edición, a veces exactamente la misma: empezarlo como si fuera la primera vez, porque esas siempre saben distinto.

Si en algún momento me sentí culpable por tener dos libros iguales, vivir entre dos ciudades me lo ha quitado: de los mejores libros es necesario estar acompañado en todo momento. No me gusta leer en una pantalla, y no es por reaccionario: no temo el fin del libro impreso y tengo una Kindle. Me gusta el olor de los libros y su presencia física, su compañía. Si me arrepiento de comprar mi aparatito Kindle no es por antisistema, sino porque pienso en los libros que pude haber comprado con ese dinero.

Los libros no son importantes en mi vida, son mi vida. Pero a algunos les molesta. A mi señora madre, por ejemplo. Con el tiempo esa opinión se ha transformado, y ahora, de hecho, niega que alguna vez le hayan molestado. Pero ella y yo sabemos que es cierto, los libros le molestaban. También es cierto que su postura ha evolucionado (y eso lo agradezco). El cambio, bastante radical -y que ha tomado bastante tiempo- se ha debido, en gran parte, a mi persistencia en la compra de libros -que no cesa, y le aviso de una vez por todas a mi querida señora madre, no cesará-, al trabajo publicado (que le ha hecho respetar un poco más mi oficio), y -tristemente, pero se los agradezco, anónimos compañeros de lucha- a ciertas personas en su círculo social que ante sus amargas quejas frente a mis libros se han limitado a contestar “ya quisiera yo que mi hijo comprara libros”. Al principio decía cosas del tipo ‘ya tienes muchos libros’, ‘primero lee todos los que tienes antes de comprar más’; ahora, en cambio, se limita a espetar que ‘no son los libros, sino el desorden lo que me molesta’ (¿habrá visto alguna vez la célebre foto de Pacheco rodeado de sus instrumentos de trabajo? ¿Qué diría de la biblioteca de Eco? ¿Se habrá enterado de que un libro solo está vivo mientras es leído?). Me imagino a mi señora madre, en su candidez absoluta, entrando al estudio de Picasso, sin ponerle un ápice de atención a su obra, a punto de pisar la Guernica, para preguntarle por qué no ordena un poco.

Los libros no solo le han resultado problemáticos a mi señora madre, pero los comentarios de ella son -hasta cierto punto- los únicos que tengo que aguantar. Mientras estudiaba los primeros semestres de la carrera mi casera veía con pánico cómo el número de libros aumentaba de forma constante en mi departamento de techos bajos. Alarmada, vino a espantarme, diciendo que ahí, “entre tanto libro”, iban a “surgir animales”. Debí haberle informado que la teoría de la generación espontánea fue refutada por Pasteur hace dos siglos, pero no podía esperar que supiera cuál era el postulado de dicha teoría, mucho menos que estuviera enterada de los experimentos del científico franchute. Me quedé con mi sonrisa, comprobando que lo único que puede surgir ahí donde no hay libros es la puritita ignorancia.

En otra ocasión una mujer vio los libros de mi hogar y, justo antes de partir, me ordenó que los tuviera “bien arreglados” para la próxima vez que ella viniera. Esa ocasión también me reí, por supuesto, sabiendo que esa era la última vez que ella ponía un pie en mi casa.

No todo es tan grave, desde luego. Hay cosas más divertidas. Mi amigo veneco, cada que viene a mi departamento a iniciar una cata de ron, me pregunta lo mismo: “¿de verdad has leído todos esos libros?” Me encantaría responderle con otra pregunta: ¿de verdad eres tan filisteo? Pero nunca tengo tiempo de hacerlo, porque él solito, ufano, resuelve mi duda, como si nuestra amistad fuera tan profunda -quizá debido a tantas cubas compartidas- que sabe lo que estoy pensando: “yo jamás he leído un libro completo en mi vida”. Las primeras veces casi sentía enojo frente a semejante cinismo, ahora disfruto brindar con él, por aquello que a los dos nos enorgullece: los libros no leídos.

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