¡Salgamos de nuestras peceras!

Brenda Estefan

En su mensaje de toma de protesta como presidente de los Estados Unidos, Joe Biden reconoció la fragilidad de la democracia y llamó a mantener la verdad como principio rector común, advirtiendo que se debe “rechazar la cultura en la que los hechos mismos son manipulados o incluso fabricados”. Apenas unos días antes, el 6 de enero, al inicio de la sesión extraordinaria del Congreso estadounidense para la certificación del triunfo de Joe Biden, el Senador Republicano Mitch McConnell había señalado que un gobierno democrático requiere un compromiso compartido con la verdad y advirtió: “no podemos seguir separándonos en dos tribus, con un conjunto separado de hechos y realidades separadas sin nada en común, excepto nuestra hostilidad hacia los demás.”

Esta preocupación, expresada por liderazgos de ambos partidos políticos de la democracia más emblemática del mundo, debería ser una señal de alerta para todo país democrático.

De la experiencia vivida en Estados Unidos en los últimos años, dos fenómenos deben llamar nuestra atención. Por un lado, el daño que se ocasiona a una democracia cuando el líder del país recurre de manera continua a la mentira como forma de gobierno y por otro, el peligro de la creciente ola de desinformación sobre cuestiones torales de la vida pública.

Los mandatarios deben tener un mínimo de decencia y de honestidad intelectual. No fue coincidencia que en 2016, el año en el cual Donald Trump fue electo como presidente de los Estados Unidos, el término “post-verdad” fuera designado como la palabra del año por el diccionario de Oxford. Desde su incursión en política, era claro que el empresario neoyorkino tenía una evidente tendencia a hablar sobre lo que su propia asesora presidencial, Kellyanne Conway bautizó como “hechos alternativos”.

Una plataforma desarrollada por el Washington Post para comprobar y verificar lo expresado por Donald Trump, calculó que a lo largo de los 4 años de su mandato, el expresidente habría hecho 30,573 afirmaciones falsas o engañosas. De acuerdo con dicha plataforma, las afirmaciones falsas expresadas por Trump fueron in crescendo a lo largo de su gobierno, eran 6 en promedio el primer año, 16 diarias en el segundo, 22 en el tercero y 39 por día en su último año en la Casa Blanca. Las mentiras trumpistas de los meses recientes, después de la elección de noviembre, fueron particularmente peligrosas y terminaron por asestar un duro golpe a la democracia estadounidense.

Pero además de la demagogia como riesgo a la democracia, la vorágine de información que se genera en el complejo y rápidamente cambiante paisaje mediático actual, en el cual cada vez hay mas información pero menos controles sobre la veracidad de la misma, ha llevado a las democracias liberales a enfrentar una decadencia de la verdad. Los hechos, los datos duros y el análisis científico parecieran tener cada día menor relevancia en la discusión política y el debate cívico.

Todo ser humano tiene derecho a opinar diferente y nada es mas enriquecedor para una sociedad que la diversidad de visiones y el debate libre y abierto de ideas. Pero las democracias no pueden ser funcionales sin un cierto respeto a la verdad como algo sagrado. Son esos hechos, apegados a la realidad, los que deben servir como base sólida para el debate plural.

La filósofa francesa Myriam Revault d’Allones alerta que la post-verdad no solamente concierne a los vínculos entre política y verdad, sino que desdibuja la distinción esencial entre lo que es verdadero y lo que es falso, socavando nuestra capacidad de vivir en sociedad. La académica, señala que las democracias están constantemente expuestas a la transformación de “la verdad” en opinión, lo que las puede convertir en sistemas totalitarios, donde la omnipotencia de la ideología logre crear un mundo enteramente ficticio. Revault d’Allones advierte que es urgente tomar conciencia de la naturaleza y alcance del fenómeno de la post-verdad si queremos evitar sus nefastos efectos éticos y políticos.

Todos los ciudadanos de un país democrático, y particularmente aquellos que tenemos el privilegio de tener ciertos niveles de educación, tenemos que estar conscientes de estos dos riesgos, y debemos asumir la responsabilidad personal de buscar escapar el sesgo propio de nuestras filias y fobias. Cuando no hay un mínimo reconocimiento sobre los hechos que debieran ser fundamento del debate, ociosas se vuelven las discusiones políticas y se pone en riesgo la esencia de la vida democrática.

En julio de 2004, el cabildo de Monza, Italia, adoptó una curiosa ley que prohibió a los propietarios de peces mantenerlos en peceras redondas bajo el argumento de que este tipo de peceras “distorsionan la visión que los peces tienen del mundo y esto les afecta negativamente”. Desconozco como funciona la visión de los peces, pero lo que sí sé es que los seres humanos tenemos nuestras propias peceras ideológicas que distorsionan la visión que tenemos del mundo y afectan negativamente nuestra concepción de la realidad. Nadie vendrá a prohibir esas peceras, es tarea relevante de cada uno de quienes valoramos la democracia el identificar nuestras distorsiones y buscar discernir la realidad con honestidad intelectual, a fin de elevar el nivel del debate público y fortalecer la vida democrática de nuestros países.
 

@B_Estefan
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