“Y temo muchísimo que el populismo, que parece ser realmente la ideología del presidente de México, nos conduzca otra vez a una dictadura, perfecta o imperfecta, [pero] dictadura al fin y al cabo”. Con estas palabras, Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2010, advirtió sobre el riesgo de un retroceso al autoritarismo en una conferencia dictada en el Museo Memoria y Tolerancia en la capital del país. “Veo muy mal a México”, sentenció sin dar mayores detalles.

El triunfo de movimientos populistas parece ser el signo de nuestros tiempos. Ha sacudido a las democracias más estables del mundo. Recientemente, el populismo logró prevalecer en el referéndum que decidió el Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Asimismo, llevó a la presidencia de EU a Donald Trump, con un programa contra la inmigración ilegal y una política exterior conocida como “Primero América”. Con mayor o menor éxito, los movimientos populistas tanto de izquierda como de derecha han irrumpido en países como Francia, Alemania, España e Italia.

Las democracias menos consolidadas de Europa del Este y América Latina también han sido presa del virus del populismo. El triunfo de Jair Bolsonaro, un militar en retiro, en las elecciones presidenciales de 2018 representa el ascenso de un movimiento populista de derecha en Brasil. La 4T, la coalición electoral que llevó a López Obrador a la presidencia de México, tiene mucha compañía en el mundo democrático. Movilizó exitosamente el enojo contra la clase gobernante por la corrupción rampante, así como su incapacidad de lidiar con los problemas de inseguridad y bajo crecimiento económico.

¿Representa el populismo un riesgo para la democracia? Desde luego, la respuesta depende de la definición de populismo. A menudo el término se utiliza para referirse a una patología de las democracias. Sin embargo, el populismo constituye una forma de hacer política, propia de las democracias.

Los movimientos populistas, tanto de izquierda como de derecha, comparten una característica común: son rebeliones en contra de las élites que ostentan el poder, el establishment, como se les conoce en inglés. El populismo de derecha suele dirigirse contra las cúpulas del sector público, mientras que el de izquierda se rebela contra las empresariales.

El periodista alemán Ralf Schuler, autor del libro Dejadnos ser populistas, considera que el populismo es más una “técnica” política que una ideología, que consiste en movilizar a la gente ofreciendo soluciones fáciles a problemas complejos. Por ello, cuando los líderes populistas triunfan electoralmente suelen primero tener un efecto disruptivo y luego, al toparse con la realidad, fracasar.

Schucler, quien ha seguido de cerca el populismo en Europa, considera que estos movimientos pueden ser útiles. Sirven para identificar problemas. Normalmente muestran la existencia de una brecha de representación y envían señales de alarma, que obligan a los políticos a poner más atención a la gente. Por ello, invita a verlos con naturalidad, como parte de la política democrática.

Su optimismo es entendible en el marco del populismo europeo o estadounidense, donde se da por descontada la fortaleza del sistema constitucional en el que estos movimientos políticos irrumpen. Aparecen como fenómenos pasajeros, que las instituciones democráticas terminan absorbiendo, sin menoscabo de los derechos de minorías y los contrapesos al poder político.

La experiencia en América Latina, sin embargo, ha sido distinta. El populismo puede tornarse autoritario cuando los líderes de estos movimientos lo utilizan para concentrar el poder y apoderarse de las instituciones democráticas. Así ocurrió en Venezuela con Hugo Chávez, en Bolivia con Evo Morales y en Nicaragua con Daniel Ortega. Por ello, sería un error desoír las advertencias de críticos del populismo como Vargas Llosa.


Consejero electoral del INE

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