Autor: Rodrigo García Torres Trueba, miembro del Consejo Directivo de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados

Una decisión tomada a miles de kilómetros en 2026 podría determinar si una persona cruza una frontera legal, recibe protección internacional o queda suspendida en un limbo político.

En 2026, la geopolítica ya no es solo un asunto de Estado; es una fuerza que impacta directamente en los derechos, la vida y los territorios. Durante décadas, el sistema internacional se ha basado en una premisa básica -las reglas importan-. Las reglas no siempre se han respetado, pero existen como punto de referencia común en discusiones y pautas de comportamiento. En 2026, esa premisa está bajo tensión. No hemos visto un total colapso del sistema internacional, sino más bien una reconfiguración más profunda de su configuración desde el final de la Guerra Fría. El juego de ajedrez geopolítico ya no es un juego de suma cero con una sola potencia dominante, instituciones fuertes y amplios consensos institucionales, sino un juego de fragmentación, competencia estratégica y erosión progresiva del derecho como restricción efectiva sobre el poder.

Comprender el 2026 no solo significa fijarse en quién está a cargo, sino cómo ejercen el poder y qué rol juegan las normas legales en este proceso. Estados Unidos seguirá siendo el actor más importante del sistema internacional, pero no en términos de hegemonía jerárquica incuestionable. China también desafía el orden liberal clásico más directamente de lo que lo hizo en la última década, pero también de maneras más sutiles. Tomando elementos del presente y el pasado, China desafía el orden internacional no desde la confrontación directa, sino desde una lógica alternativa del poder, pues no busca destruir o reemplazar el sistema internacional, sino adaptarlo a sus intereses.

Este año, China ya no es un poder emergente, sino un referente normativo para muchos estados; sin embargo, la Unión Europea (UE) aún mantiene el paisaje donde el derecho tiene la mayor centralidad. A pesar de eso, la UE es el área principal a nivel mundial que sufre los límites y la lentitud para actuar en crisis internacionales. Sigue siendo una potencia jurídica, pero no una potencia dura, y su influencia dependerá de su habilidad para traducir normas en decisiones estratégicas.

Por su parte, Rusia representa un factor disruptivo clave. Más allá del conflicto específico en su región, su impacto central es jurídico. Normalizó la idea de que la resistencia de una potencia puede cambiar las fronteras sin ninguna consecuencia inmediata universal. El mensaje implícito para el sistema internacional y todo el mundo es extremadamente peligroso. Si el costo político es soportable, el derecho vuelve a ser una imposibilidad real, siendo un precedente para todo el tablero geopolítico. Eso lleva a planes directos en la democracia internacional.

Sin duda, no es el fin del derecho internacional, pero es el fin de la centralidad incuestionable del derecho internacional. Para los abogados, la verdadera lucha que presenta este año es mentiroso e incómodo. La lucha es que el derecho internacional ya no puede percibirse como un sistema cerrado y coherente. En el mundo fragmentado y de poder, no es una garantía automática de justicia, pero es lo mejor que tenemos para limitar la impunidad.

La pregunta no es si el derecho internacional es perfecto. La pregunta es ¿que quedará cuando se deja de tomar en serio?

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