El Tren Interoceánico del Istmo de Tehuantepec nació como una de las promesas más ambiciosas del obradorismo. El 23 de diciembre de 2018, apenas unos días después de asumir la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador anunció el entonces llamado Tren Transístmico como pieza clave del Plan de Desarrollo del Istmo: un corredor capaz de conectar los océanos Pacífico y Atlántico, competir con el Canal de Panamá y, de paso, devolverle a México el transporte ferroviario de pasajeros.
Ese día, de gira por Oaxaca, el presidente fijó plazos, principios y expectativas. Aseguró que para 2020 el corredor podría competir en costos y tiempos con otras rutas interoceánicas del mundo y prometió tres criterios irrenunciables: consulta a las comunidades, cuidado ambiental y beneficios directos para la población local. El proyecto, dijo, no se impondría desde el poder.
La obra fue encomendada a Rafael Marín Mollinedo —hoy titular de la Agencia Nacional de Aduanas— y quedó formalmente instituida como el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec a través de un decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 14 de junio de 2019. Tres años después, en 2022, el control total del proyecto pasó a manos de la Secretaría de Marina, una decisión que también impactó de forma directa en su presupuesto y operación.
Casi cinco años después del anuncio, el 17 de septiembre de 2023, comenzó formalmente el servicio de carga en la Línea Z, que corre de Salina Cruz, Oaxaca, a Coatzacoalcos, Veracruz. López Obrador encabezó el recorrido inaugural y celebró el estado de las vías, el trabajo técnico y la administración militar del proyecto. En diciembre de ese mismo año regresó para abordar el primer viaje de pasajeros. Ahí dijo que el tren ya no era para su generación, sino para las que vendrían después: una obra pensada como herencia, no como balance inmediato.
Pero en los últimos días esa herencia se ha visto marcada por la tragedia. El domingo 28 de diciembre, el tren de pasajeros que circulaba por la Línea Z se descarriló cerca de la localidad de Nizanda, municipio de Ciudad Ixtepec, Oaxaca, dejando 13 personas muertas y más de un centenar de heridos. Tanto la locomotora como los cuatro vagones que arrastraba se descarrilaron cuando el convoy avanzaba por una curva pronunciada, lo que —según testimonios— se agravó por la velocidad que llevaba. Dos de los vagones cayeron —uno de ellos hasta el fondo— por un barranco de más de seis metros, en uno de los accidentes ferroviarios más graves en México en años recientes.
Se había advertido. Cuestionamientos sobre la seguridad, la planeación y la gestión del proyecto ferroviario ya habían sido planteados incluso por la Auditoría Superior de la Federación (ASF), la cual había emitido observaciones sobre deficiencias en el tramo donde ocurrió el fatal accidente, lo que refleja fallas estructurales y de supervisión en una obra que ha costado al erario miles de millones de pesos. El proyecto, que en 2018 se presentó con una inversión estimada de ocho mil millones de pesos, terminó recibiendo más de 23 mil 244 millones de pesos en el Presupuesto Federal para un solo año fiscal (2026), casi un 200 por ciento más de lo anunciado originalmente. A pesar de ello, los estados financieros entregados por la Marina a Hacienda reportan pérdidas de más de 96.9 millones de pesos este año, lo que evidencia que la obra no es rentable y, lo peor, no es segura.
Andrés Manuel López Obrador, quien ni siquiera ha expresado condolencias a las familias afectadas, dijo en febrero de 2020 que todos los “negocios jugosos” de corrupción en el país pasan necesariamente por el visto bueno del titular del Ejecutivo. Cuatro años después, el 5 de julio de 2024, reconoció que su hijo Gonzalo López Beltrán —“Bobby”— tuvo un cargo honorífico dentro del proyecto del Tren Interoceánico.
La herencia maldita del tabasqueño sigue y seguirá costando mucho a los mexicanos, quienes ojalá tengamos suficiente vida para ver la recuperación del país o, por lo menos, como un humilde deseo para 2026, que dejemos de permitir que se burlen en nuestra cara y nos engañen como el pueblo tonto que creen que somos.

