Claudia Sheinbaum llegó a la Presidencia con una mayoría legislativa sólida y el respaldo del movimiento que fundó su antecesor Andrés Manuel López Obrador. En apariencia, el poder luce compacto, pero en política, la verdadera prueba no es ganar la elección, sino administrar las ambiciones de quienes ayudaron a hacerlo posible. Y es ahí cuando comienzan los desafíos.

Morena dejó de ser oposición para convertirse en gobierno permanente. Y como suele suceder en los cambios de poderes, cuando el enemigo externo se diluye, emergen las tensiones internas, unas más tácitas que otras.

Ricardo Monreal, actual coordinador de los diputados morenistas, es ejemplo de ello. Como político experimentado y operador fino, nunca ha ocultado que juega su propio tablero, pero rara vez deja entrever sus fichas. Aunque acompaña institucionalmente, su capital no depende exclusivamente de Palacio Nacional. Sabe marcar distancia cuando conviene y cuándo apoyar al movimiento cuando se debe.

Adán Augusto López representa otro foco de tensión. Exsecretario de Gobernación, excoordinador en el Senado y figura con peso propio en el sureste, pero también un personaje ligado a polémicas de seguridad en Tabasco, donde definió como encargado de la seguridad al criminal Hernán Bermúdez. Aunque no hay ruptura declarada, su figura simboliza un liderazgo alterno dentro del mismo movimiento. En política, los liderazgos paralelos siempre generan incomodidad; de ahí su “renuncia” meticulosamente orquestada al liderazgo de su bancada.

En los márgenes del movimiento aparece Gerardo Fernández Noroña, una voz estridente más que decisiva. Su estilo frontal le asegura reflectores momentáneos y ruido en la conversación pública, pero con escaso impacto real en la toma de decisiones. Representa ese componente testimonial que incomoda por momentos, aunque sin alterar de fondo los equilibrios del poder dentro del bloque.

Los aliados tampoco son subordinados automáticos. La senadora del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), Ruth González, suena todavía para gobernadora de San Luis Potosí, cargo que actualmente ostenta su esposo, Ricardo Gallardo. Ella no se ha confirmado ni descartado por completo, pero su coordinador, Manuel Velasco, no dudó en alzarle la mano y presumirla como puntero de las encuestas internas.

Tanto el Partido Verde como el Partido del Trabajo negocian cuotas, candidaturas y espacios. Acompañan, sí, pero condicionan. La coalición es estratégica, no sentimental. Cada elección local se convierte en un momento de cobrar favores.

Y luego está el frente ideológico. Aquí aparece el exdirector de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Marx Arriaga, una figura que ha cuestionado abiertamente el pragmatismo electoral y las alianzas que, a su juicio, diluyen la esencia del movimiento. Sus críticas apuntan a la dirigencia partidista y a decisiones que privilegian rentabilidad electoral sobre coherencia doctrinaria. El desafío viene de múltiples centros de influencia coexistiendo bajo una misma bandera, gobernadores con agenda propia, senadores con cálculo personal, exaspirantes presidenciales con estructura intacta e intelectuales orgánicos —con complejos mesiánicos— que reclaman pureza ideológica.

Sheinbaum enfrenta el reto clásico de todo liderazgo sucesor: construir autoridad propia sin romper con la herencia que la llevó al cargo. Debe equilibrar continuidad con autonomía. Si se acerca demasiado al pasado, limita su margen; si se distancia en exceso, fragmenta al movimiento.

Hasta ahora no hay ruptura frontal, pero la política no se mide sólo por declaraciones públicas, sino por negociaciones privadas, silencios estratégicos y posicionamientos graduales rumbo al 2027 y 2030, fechas decisivas para 17 gubernaturas, para la conformación de las cámaras legislativas y la segunda parte de la elección judicial.

El desafío a la Presidenta no viene de la oposición debilitada, viene de Morena, una organización que inició con perfiles llenos de aspiraciones que hoy mantienen lealtades más políticas que orgánicas. Gobernar con mayoría es sencillo, pero administrar egos es otra cosa.

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