Nuestro país enfrenta hoy un repunte preocupante de casos de sarampión, una enfermedad potencialmente mortal que había sido oficialmente erradicada en la Región de las Américas desde septiembre de 2016, gracias a la vigilancia epidemiológica y la vacunación.
El dato es brutal: durante el último año —con corte al 20 de enero— se tiene registro de 7 mil 188 casos confirmados y otros 2 mil 086 en revisión esparcidos en 255 municipios de los 32 estados de la República. Son datos oficiales.
El sarampión no volvió a México por azar ni por fatalidad biológica. Volvió porque el Estado dejó de cumplir su responsabilidad. Encontró su camino de vuelta en medio del intento fallido e irresponsable del expresidente Andrés Manuel López Obrador de transformar el sistema público de salud.
¿Por qué debería preocuparnos? Porque el sarampión es tan peligroso como prevenible. Es barato de contener y ampliamente conocido por los sistemas de salud de todo el mundo. No estamos ante un virus nuevo ni impredecible; estamos ante un fracaso en la prevención.
En Canadá, por ejemplo, hay una contención prácticamente inmediata ante el surgimiento ocasional de brotes. Lo mismo en Estados Unidos, pese al rechazo ideológico contra la inmunización. Pero la atención médica es rápida, puntual y de última generación. En México el problema no es la inexistencia del biológico —hay más de 23.5 millones disponibles—, sino la ruptura de la cadena de cobertura. Especialistas afirman que para evitar brotes se necesita al menos un 95% de vacunación con dos dosis, sin embargo, el país ha estado por debajo de ese umbral en múltiples regiones durante años, por lo que el resultado era previsible.
Estamos hablando de uno de los virus más contagiosos que existen. Basta una brecha mínima para que se propague. Por eso su reaparición es un termómetro de la salud pública; una señal de que algo profundo dejó de funcionar. Ese algo, aquí en México, es la vigilancia sin escatimar en recursos, la planeación de largo plazo y la responsabilidad intergeneracional.
La pandemia de Covid-19 profundizó el problema —especialmente en medio de una transición interminable en las instituciones de salud—, pero no lo explica todo. Las campañas de vacunación infantil quedaron relegadas, el seguimiento se debilitó y la prevención dejó de ser prioridad frente a otros programas políticamente más rentables. Vacunar no da votos. Prevenir no corta listones. Pero salva vidas.
Esto prueba que el problema no es solo sanitario, es político. Y cada brote es un recordatorio de que la salud pública no se sostiene con discursos, sino con constancia, datos y logística.
El sarampión no debería ser noticia en 2026. Lo es porque la cabeza del gobierno anterior priorizó el culto a su personalidad y se rodeó de incompetentes, incapaces de corregirlo o contradecirlo.
Ojalá algún día entendamos lo miserable que fue el tabasqueño con el pueblo al que solo utilizó para su beneficio.

